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La panadería: venganza moruna.
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Bajaba desperezándose Raquel a las siete y media de la mañana por las empinadas  calles del Roser repletas de callejones curvos con santos y vírgenes con flores adornando las fachadas de las viejas casas de aires morunos. Ni una sola alma se cruzaba  con ella cuando abría los hierros galvanizados de la puerta de la panadería. Ésta, se abría como se cierra un abanico, mientras vall d’Uixó, una población convertida en perezosa todavía dormitaba.
La claridad azulada y luminosa del mediterráneo, iba poco a poco conforme el sol ascendía levantado las primeras  persianas de las fincas  proletarias de la avenida suroeste. Un barrio alzado con prisas en los años 60 en una zona dedicada al desarrollo urbanístico para acoger a trabajadores miserables y desesperados llegados de la pobre meseta castellana y andaluza a trabajar como mano de obra no cualificada en la fábrica de zapatos Segarra.
Silvestre,  el propietario de esa panadería, y así como de dos más, aparecía a esa hora puntual montado en su furgoneta, aparcando e introduciendo el género cargado con basquets repletos de pan y pastas entre sus rechonchos, cortos y fuertes brazos. Tras dejar la mercancía apilada a Raquel junto a unas estanterías de madera, y darle unos escuetos buenos días;  como hombre con prisas que debe vigilar los negocios y confía en sus trabajadores,  se iba para no volver hasta las siete y media de la noche, al cierre. Entonces recogía el dinero sin contarlo, el género que hubiera sobrado,  y sobre todo, preguntaba a Raquel que necesitaría para el día siguiente.
Ella le hacía los encargos de pan y pastas según calculaba que iba a necesitar. Siempre acertaba evitando perdidas.
Raquel, con treinta y cuatro años de edad, y catorce trabajando en esa panadería con abnegación inusitada en el pobre y descorazonador ambiente laboral de vall d”Uixó, no necesitaba recibir  ninguna orden de Silvestre, el propietario. Llegaron con los años  a creer los clientes que quien mandaba en la panadería era ella.
Raquel era el alma de la panadería. SU fortaleza ante el trabajo, más similar a la de los animales, sin importarle las horas que tuviera que hacer. Su responsabilidad y tenacidad  a la hora de trabajar, y un trato cálido  ante los clientes, donde siempre los atendía con amabilidad , aunque fueran gente que no perteneciera al ambiente tradicional y de parroquia de vall d’Uixó, que iba poco a poco difuminándose, sobre todo entre la gente joven y desencantada con ese tipo de sociedad miserable y atrasada que señalaba al diferente y quería perpetuarse  a costa del empobrecimiento general a que llevaba su fanatismo tradicional.  Raquel representaba un anacronismo, un papel del que no era consciente  y al  cual  mucha gente de vall  Uixó  se aferraba con uñas y dientes. Este ejemplo de sociedad entre moruna y patriarcal    había descolocado la localidad en un mundo globalizado. El resultado no se hizo esperar: consiguiendo el récord nacional al  pueblo más castigado de toda España por la crisis económica. En siete años, del 2008 al 2015, transformó su laboriosa sociedad, en una sociedad dependiente de pensiones, viciosa, cruel,  holgazana, y temerosa de los bancos y la justicia que no paraban de acosar a las familias. Muchos compararon por esto  a vall d’úixó con Andalucía . Tanto por el numero de andaluces llegado a trabajar a vall d”Uixó hacia más de cincuenta años, y que ahora sus hijos y nietos estaban en situación  de paro y desintegrados de la cultura local; como por los males endémicos de esa región de España cuyo nombre suena  casi a maldición de hambre y miseria. Como la que estaba viviendo la actual vall d”uixó: la Andalucía de Castellón.

Desde el 2008 el número de desempleados en vall d”uixó llegó a extremos jamás vividos. Las protecciones  sociales cayeron  a niveles  de tercer mundo , corriendo cómo la pólvora la noticia de la desnutrición severa de varias persona del pueblo.
EL pueblo sufría, pero lo hacia como un animal manso. Los andaluces sabían de eso mucho, y la gente del lugar, acostumbrada a la miseria del trabajo del curtido de la piel para hacer zapatos. Por eso soportaron todo aquello sin rebelarse. Ellos, incluso los andaluces pertenecían a un pueblo con una conciencia  de  ser tratados como el cuero. Los tiempos eran duros, y había que aguantar.
La panadería de la avenida suroeste como negocio aguanto bien. La gente seguía acudiendo a tomar su café, incluso más que antes. Los precios no suponían ningún esfuerzo demasiado extraordinario. Raquel, esa chica joven, siempre con una sonrisa en los labios y de piel pálida por no  recibir el sol en todo el día, entregada a su trabajo. Al igual que su pareja que trabajaba la tierra. Ambos dispuestos a sacar adelante la hipoteca que habían firmado con un banco para pagar una hermosa viviendo en el Roser. Raquel tranquilizaba  con su presencia a todo el mundo. A alguien tradicional, como había sido la gente antes” trabajadora y humilde” le iba bien. Sin embargo,  a su alrededor, tanto clientes como hasta Raquel, contemplaban con ojos de incredulidad , los de gente sencilla ajena a la política y que creían en un sistema capitalista y bancario, como  amigos y vecinos acaban desahuciados de sus casas. A tal extremo de tensión individual se llegó, que incluso hubo una oleada de suicidios en vall d”uixó, conmocionando al pueblo.  Empezando entonces a formarse asociaciones contra los desahucios. Asociaciones muy mal organizadas, al no haber un tejido asociacionista en el pueblo que respiraba unos aires morunos de solemnidad ante Dios y las procesiones, y de indiferencia en cuanto a las reivindicaciones sociales.

-¿Os podéis creer que han despedido a Raquel ?- Teresa con el café en la mesa le comentó estupefacta a su vecina Virtudes  mirando de reojo  a la nueva muchacha que le servía, lolita. Ésta era una chica de veinticuatro años, muy hermosa, de talle fino, con aires modernos.  Cursaba la carrera de filología inglesa. Había entrado a trabajar por Raquel con un contrato de aprendizaje por la mitad de sueldo que ésta. Solo deseba estar unos meses antes de irse a Escocia. La reforma laboral acaba de entrar por la puerta de la panadería, e incluso Raquel no se salvaba de Rajoy.
Para esas gentes sencillas, votantes del PP,  eso era demasiado.
Salvador no era un empresario que gozara,  como no lo hace ningún empresario en Vall d’Uixó, de mala fama.
Pero en ese momento la tuvo. Él,  por edad podía ser el padre de Raquel , y a un padre se le debe exigir un  comportamiento como tal, al igual que a un empresario. EN vall d uixó el modelo de empresario es el paternalista. EL empresario es alguien que ayuda a sus trabajadores,  sus trabajadores a cambio no se rebelan.
Sin embargo, durante la crisis,  en esa sociedad moruna en cuanto a la calma, y fascista en cuanto al modelo paternalista , se estaba llevando por delante esos conceptos se seguridad donde descansa  el orden moral de esta población.
Teresa, Virtudes, Paca, Sandra y otras mujeres que fueron entrando a lo largo de la mañana , pagaron su café, su pan y sus pastas  escandalizadas cuando preguntaron  a la chica nueva con preocupación familiar si Raquel estaba enferma al no verla como era habitual en catorce años.
Ella les respondió con timidez de novata, y sin saber que iba a pasar los días venideros en un país donde despedir trabajadores es deporte nacional ,cuando les respondió:
Ahora estaré yo. Raquel ha cesado de trabajar aquí.

Angelillo de Uixó, continuará.
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