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Mostraban las luces la franja tranquila del mar rayado del horizonte. Una oleada de ladridos de perros perseguían los barcos en el monte.

La noche se iba por un costado azulado arrastrando la luna cambiante. Caía la pestaña solar sobre los ojos negros de los gallos que se recogían tiritando buscando el calor del café. Sacaban sus patas las gatas de bajo las chapas de los motores que arrancaban con un run run viejo y cansado. Esperaban las calles que todos se alejaran buscando un camino quemado. Y yo, seguía su ruta como el primero a esa mañana perdida viajando en autobús de vall d´uixo a valencia para renovar unos documentos. La ciudad me mostró un panorama singular de asco caliente, de soledad complicada, de deseo de anonimato, y un rastro viscoso de irracionalidad fría.

¿ Por quién preguntas Angelillo?

Creí que me interrogaba la mañana, y equivoqué al dar la respuesta:

A Remulo y Remo busco con la boca llena de leche de loba para renovar mis documentos – contesté en la puerta a un funcionario lleno de prejucios policiales que ocupaba toda la mañana de docenas de vidas atestadas como sombras en las puertas. Contemplé como se cerraba para mi con muy mala leche la primera hora de la mañana.

 

Ya no pensé en nada más. Estaba tan lleno de pena dando vueltas por el mundo del hambre, que me quería meter a vivir en la figura de un hombre de nieve gigante que daba la bienvenida lleno de alegría y regalos a la navidad de forma prematura en un centro comercial. Cerca de él estaban las putas y pobres, y el movimiento incesante de los autobuses en la esquina del centro comercial. Parecían adorar al hombre de nieve. Su desnudo semejaba   pureza, mientras el desnudo de las putas, y los descosidos de los pobres, toda la vergüenza de quienes los miraban. Aunque había miradas tiernas y comprensivas como las mías. Rompió mi pensamiento la hora de la bocina del autobús de vall ´d uixó. Había que volver a ganarse la vida, a luchar subiendo agua con la carretilla a la huerta y a la casa. A luchar contra el frío y contra el hambre encendiendo fuego. A sufrir los amanecer plenos, llenos como lunas sobre el agua de la charca. La ciudad anoréxica de Valencia, con todas sus luces rojas encendidas debía quedarse atrás, detenida en su cauce desbocado, con sus gentes miserables llenas de esperanza en la navidad.

 

Angelillo de Uixó.

Angelillo de Uixó.

<a rel=”license” href=”http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/”><img alt=”Licencia de Creative Commons” style=”border-width:0″ src=”https://i.creativecommons.org/l/by-nc-sa/4.0/88×31.png&#8221; /></a><br />Este obra está bajo una <a rel=”license” href=”http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/”>licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional</a>.

La tribu de los hombres parados.

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somos los hombres huecos, sin voluntad, sin utilidad, sin diversiones.

somos los hombres huecos, sin voluntad, sin utilidad, sin diversiones.

El olor a gasolina, a humo, los pitidos en la plaza del Ayuntamiento de Valencia me animaron a continuar caminado. Fluí entre las cabezas de gente arrastrado mi bicicleta en medio de esa quietud en movimiento y sonora de las aceras repletas de personas cuyas expresiones y gestos me aterrorizaban por lo artificiales que eran. Me deslice cómo una serpiente por una rama entre unos callejones por los que cruzaba bajo un arco del tipo de las antiguas juredías. Había mucha menos gente en esas oscuras calles repletas de placas con nombres de viejos generales. El aspecto de las personas que por allí andaban eran mucho más reconocibles cómo humanos. Iban sin gafas de sol y se les podía ver los ojos. Unos ojos fatigados, vitales, acostumbrado a aquella oscuridad claustrofóbica de callejones, adornaban sus rostros curtidos. Las expresiones de sus gestos cuando se cruzaban conmigo eran también mucho más humanas que los que andaban por la plaza del ayuntamiento. Me habían producido la gente de la plaza del ayuntamiento una profunda emoción de  asco verlos de tan emperifollados y con aspecto de alienados. igual de repugnantes eran sus movimientos y las expresiones que les acompañaban. Ocultaban bajo estas muecas de glamour y alegría un terror oculto que dormía en el fondo de sus corazones y al que se negaban a escuchar. Formaban todos ellos parte una gran mentira. Una gran civilización para  sordos, ciegos, basada en no tener mala conciencia. Pero allí estaba el terror, latente, cómo un país remoto al que no se quiere ir, esperándoles bajo el maquillaje, bajo sus rostros perfectamente rasurados y limpios. SI algún día ese lugar oscuro que llevaban se despertaba¿ podria dominarlo cómo a los perros amaestrados que  habían perdido sus instintos y les acompañaban dóciles en sus paseos en calidad de mascotas domesticadas?
Me detuve ante un hombre de cabellos plateados. Calcule que tendría unos 50 años.

leía una revista de viajes. Había abierto un desplegable donde se veía un hipopótamo en medio de un río rodeado de cocodrilos, en la orilla unos negros daban saltos y brincos junto unos monos. Sobre la foto se podía leer con grandes letras:
Visita República del Congo por solo 1.500 euros, visita al río incluida.
Me acerque al hombre y le pregunte con una amplia sonrisa:
¿ Te gustaría estar allí, eh amigo?
EL hombre me miró con una mirada inquisitiva, seguramente por no conocerme. sin mover un solo musculo tras mirarme atentamente  me confesó:
Odio valencia, esta ciudad es la jungla.
Aquí la gente desaparece, se pierde, te vacía.
Llevo en este bordillo toda mi vida.

¿ Sabes lo que he hecho en los últimos 8 años?
Yo encogí los hombros cómo muestra  ignorancia:
Nada- me contestó horrorizado, y añadió haciendo unas muecas de  un gran dolor espiritual indescriptible de narrar:

Soy un hombre hueco.
Un hombre roto.
pertenezco a la tribu de los hombres parados.
Me lanzaron a este bordillo de este callejón,

y aquí me he quedado.
Sin ganas de vivir,
sin deseos,

sin motivación.
Paralizado.
Mi vida es una gran decepción.

indio II

Vaya cabronada- le conteste yo entristecido.
El hombre me miró con ganas de romper a llorar y empezó a hablar de su niñez.

No soy psicólogo, pero creo que ese tipo necesitaba a alguien  lo escuchara, y yo era la persona adecuada para esa misión:

vista el congo

De pequeño  soñaba con navegar por un gran río salvaje. Solía jugar cuando terminaba de ayudar a mi padre en la huerta a tirarme con una cámara de neumático de tractor por el río turia hasta llegar al mar. Yo creía que algún día atravesaría ese mar , y viviría muchas aventuras en países lejanos. Pero secaron  primero el río, lo canalizaron, más tarde una promotora compró las tierras de mi padre. Le dieron dinero y se hizo un borracho cuando dejó de trabajar. Se bebió todo el dinero del terreno. Mi madre lloraba mucho. MI padre le pagaba. Yo contemplaba  aquello aterrorizado.  No comprendía lo que estaba pasando. cada vez había más niños cómo yo, cuyos padres ya no trabajaban y bebían mucho, y pegaban a sus mujeres. La atmósfera de valencia se volvió enfermiza conforme la tierra negra, esponjosa, abonada, se convertía en ladrillos, en bordillos. Yo me dedicaba a dar vueltaS por el cauce seco del turia donde se veían esqueletos de peces muertos. Se había secado el río para siempre, habían colonizado las tierras, nos había quitado todo. ¿ Pero quien? Nadie sabia lo que había pasado, solo que un día nos despertamos y la tierra, el paisaje, las formas de vida eran diferentes. Crecían las avenidas, el hormigón se vertía sobre el lado primitivo de nuestras marjales. el arroz, los juncos que antes formaban el paisaje era invadido por esa capa gris de cemento que aplastaba la vida primitiva que desaparecía.  mujeres y hombres  se volvían unos perdidos en una sociedad enajenada. Mi propia hermana, descanse en paz, se hizo primero yonki y después puta. Los hombre iban dando vueltas de un lado para otro rellenado papeles en agencias de colocación para ser camareros, o se hacían unos rematados picaros
El fuego prendía por todos los montes y después surgían cómo hongos tras las lluvias de octubre, urbanizaciones de lujo.
Todo lo contemplábamos en silencio.

sin comprender que pasaba.

La mentira que nos contaban de progreso y creíamos, era lo peor de todo.
La gente nos hicimos huecos.
Tapamos con era nuestro oídos.
Nos dejamos envolver por una atmósfera gris e insalubre de fabricas que abrían y cerraban de forma muy rápida. Algunas las trasladaban a esos países remotos con los que soñaba viajar en mi infancia, donde su lodo primitivo era también sepultado bajo el brillo de este progreso que hacia huecos a los hombres.
Si hermano, somos hombre huecos.
hombres sin utilidad.
sin diversiones,sin sueños, sin imaginación.
caminando a cuatro patas de las casas a los servicios sociales, de los servicios sociales a las ETT, del bordillo a la subvención.
Yo presenciaba el rostro fatiga de este hombre, estaba horrorizados contemplado aquel ser humano.  Comprendía que era eso lo que me horrorizaba, que ese tipo era cómo yo, un ser humano:
Dios mío- pense- a esta gente les han dado bien en el corazón.
Los han roto a ellos ,y les han roto los lazos con su comunidad.

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Enseguida cómo un rayo me vino un pensamiento que me produjo un profundo terror, desató mi lado oscuro. Me estremecía solo de pensarlo porque ese pensamiento se remontaba a mi niñez feliz y olvidada, cuando mi padre me regalo por navidad el fuerte apache de playmobil, y creía ser el general Caster. Fue la época más feliz de mi vida. Me pasaba el día jugando a que masacrar indios con mi 7 de caballería, también hacia matanzas de bisontes, asaltaba diligencias, y violaba a las playmovil indias y blancas. Para un niño daba lo mismo, pues las playmovil estaban hechas de la misma pasta. Yo no tenía entonces ningún remordimiento moral. Era cómo ser el protagonista de una película de aventuras donde siempre pasaba algo interesante. Pero la vida no es cómo en los juego. Ese hombre y yo lo sabíamos. Ahora el estaba viviendo sobre un bordillo, y yo en cierto modo también, y no pasaba nada interesante. Solo una vida que nos tragaba en silencio, sin prestarnos atención, a gente cómo nosotros, sin ambiciones.
¿ Hacia donde debíamos ir?

Quizás a la guerra.
un ejercito de desempleados,
una tribu de perdedores.
sin voluntad, sin aspiraciones, sin grandes ideales, agrupados en torno a un líder.
No puede evitarme volver a mi niñez y verme cómo el rey de la tribu de los hombres huecos. Yo los llevaría la victoria que perecía abandonarles por culpa de los métodos que empleaban. Para vencer había que emplear los mismos métodos que las agencias de colocación, que la guardia civil, que los psicólogos, que los jueces, en definitiva: que el estado.
El horror sobre la maquinaria del capitalismo.
El terror en un banco de credito, cómo un incendio sobre el bosque.
Creo que ese hombre hueco debió comprender mis pensamientos, me miraba cómo a un líder, o quizás solo quería que alguien le escuchara y le comprendiera.
A mi me daba miedo compreder lo que me rodeaba, y sobre todo: escucharme.
Angelillo de Uixó.

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La tribu de los hombres parados. by Ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com..

http://patrimonienextincio.blogspot.com.es/2013/10/de-benavites-al-mar-en-bici.html

Benavites, eco rutas de Angelillo de Uixó.

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I

Y a lejos, entre simétricos naranjos, asoma bajo un cielo transparente la inmensa mole negra de una hercúlea Torre.

1,2,1,2,1,2- va cantando mientras marcha pedaleando el Magno en dirección hacia ese foco de atracción.

Nada más que la Torre puede dar idea de que entre esos bosques de luminosos frutos que penden de las ramas, se esconde un pueblo.

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Y sin darle tiempo a frenar las imperiosas pedaleadas, entre tortuosas sendas de naranjos pobremente pavimentadas que discurren paralelas a las acequias moras, y guiado su rumbo por el pararrayos de la torre que hace de brújula o de firmamento, penetra el Magno súbito en Benavides dejando a escasos metros el último bancal de naranjos.

Ninguna casa está sola en ese lugar sin intimidad. Todas están unidas unas a otras, y todos saben los secretos que se ocultan las guardillas de cada hogar.

Las fachadas se extienden a lo largo de l pueblo por donde cruza una carretera que cómo una cicatriz lo cruza de parte a parte. Generalmente las fachadas son blancas, aunque hay alguna excepción que exhiben su piedra de rojo rodeno.

Y al llegar ante la torre de Benavites, el Magno se descubre el casco. Camina por la pequeña plaza empujando con la mano la bicicleta asombrado del tamaño y majestuosidad de la torre de Benavites.

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Asombroso, vini et vide- exclama, y se pregunta cómo haría cualquier viajero:

-¿ Cómo fue que en tan insignificante lugar, rodeado de casas tristes y humildes, casi todas de teja y mampostería, entre gentes que trabajan la tierra, pues no se ve otra industria, fuera alzada tan grandiosa torre, digna arma de guerra más bien de mi amada y noble Valencia ?

Y con deseo de tocar semejante tesoro de nuestro pasado nacional divaga melancólico entre balcones desiertos, casas cansadas de vivir de fachadas blancas :

¿ Qué legiones de brazos y siglos de trabajo, entre siegas y otras labores, levantaron tal monumento a la resistencia en las guerras?

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Y conforme se acerca al foso, ya tocando la puerta, aun más se asombra al observar lápidas romanas y caracteres hebreos también de sus tumbas.

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Oh piedras, que contenéis nombres y que cubristeis cuerpos. ¿ Cómo habéis acabado en este lugar? ¿ Que ha sido de aquellos restos humanos que protegíais? Hablarme piedras, hablarme, contarme vuestra historia para que llore junto a vosotras. La vida es horrible, ¿la muerte lo será también?

Yo te responderé-Escucha decir a su espalda, y el Magno se gira y se encuentra a un anciano encorvado, de cara ancha de valenciano, y ojos claros con las retinas desprendidas. Observa con compasión sus manos arrugadas del trabajo, y su aspecto de desencantado con el mundo y los años pasados sobre él; se agolpan en la mente del anciano recuerdos tristes, los años entre la guerra que desgraciadamente perdimos, la posguerra y la maldita democracia.

El anciano habla:

-El pueblo cómo habrás notado extranjero están en un llano, carente de piedras. Durante años se traían en carretas de una mina de piedra que distaba más de 30 kilómetros, daba abasto a las necesidades de la Torre, pero todo se ralentizaba demasiados siglos, y se tenía la sensación de que algún día llegaría la gente a vivir en paz y todo este enorme esfuerzo no habría tenido sentido.

-Eso nunca pasará anciano- le responde el Magno.

-Ya lo se extranjero, pero algunos insensatos lo pretenden. ¿Comprendes?

-Si- hace ademán el Magno y prosigue hierático escuchando al sabio anciano.

-También ocurrió que el precio del material sufrió una brusca subida por culpa de las leyes de la oferta y la demanda en 1420, la causa era la construcción del palacio de los marqueses en Petrell, así que nuestros ancestros pidieron permiso a los Saguntinos si podían quitar las lápidas en los cementerios de los herejes hebreos y los no menos herejes romanos.

Claro, claro- dijeron las cristianas autoridades- pero antes hagan un hoyo en algún barranco y tiren allí los despojos de los herejes tras bendecirlos.

Y así fue cómo se trajeron esas piedras que sirvieron de lápidas y ahora están en nuestra torre, defendiendo nuestro territorio.

Es una historia preciosa viejo- le comenta el Magno observando la belleza de la Torre.

Y una pregunta anciano- le dice el Magno observando la gran altura de la torre.

¿ Nadie se ha suicidado?

El anciano le mira extrañado y así con prudentes palabras le responde:

  • Aquí nadie se suicida. La gente ve pasar la vida triste, con pena, entre cosecha y cosecha, añorando el tiempo que se va, los amores que nunca llegan, pero, no, nadie se suicida. ¿ Acaso extranjero en tu tierra sí?

  • Ya lo creo anciano, en mi tierra Vall d´ Uixó, casi toda las semanas se suicida un parado, o un cocainómano, es la ostia. ¡Y eso que no tenemos una torre tan alta!

  • Vaya, vaya, vaya- exclama el anciano volviendo a su casa encorvado. Un gato paso por su loado. Todo queda en silencio, en paz. Las lápidas guardan la torre, y la torre vela por la tranquilada de este pueblo que vive entre naranjos, ajenos al mundo, llenos de secretos que solo ellos conocen, maldiciendo el tiempo que se va, la vida que se escapa entre las acequias que van al mar.

II.

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La torre de Benavites sobresale entre pequeñas casas, algunas en ruinas , sin que ello les quite el encanto melancólico que deja la huella del tiempo en nuestra historia. Benavites es un humilde pueblo tranquilo, cómo dormido entre naranjos, solo tiene de colosal y de extraño, la Torre. A su espalda queda la abrupta sierra Calderona, que se abre camino hacia la noble Teruel, pero Benavites, más que a montaña, más que a la lejana Aragón, tiene el aroma y el clima del mar, que desde cualquier balcón más alto que un naranjo se puede ver entre sus perfumados campos de naranjos perfectamente alineados. Saliendo de Benavites hacia el mar, dos kilómetros antes de llegar, el paisaje se ensancha, desaparecen los verdes naranjos, y surgen espaciosas marjales y campos de tomateras, y calabaceras. Se amontonan cientos de kilos de estos frutos amarilleando abandonados entre la negra tierra que poco a poco al cambiar la estación quedara sepultada bajo las aguas. Un enjambre de aves anima el cielo que se llena de chillidos y graznidos:

los negros cormoranes, las blancas garzas, las esperpénticas cigüeñuelas, los graciosos patos, incluso las impresionantes y poderosas águilas, tienen morada en estás fértiles tierras inundables. Saltan junto a la carretera y las acequias repletas de anguilas, las lisas y los barbos de entre las turbias aguas de las marjales que han sobrevivido al desarrollo urbanístico. De estás aguas del color del centeno, surge un vapor calido, a ciertas horas brillan cómo diamantes cristalinos por los rayos de sol las pardas aguas.

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Tras las marjales se ven las dunas, y la mar entre las calles de las urbanizaciones.

III.

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Ya el Magno llega por una pequeña carretera a una franja dominada por las urbanizaciones de lujo. Un despropósito de los burgueses. Enormes casas de empresarios, políticos, estafadores, ocupan lo que fueron los antiguos lagos y tierra de arrozales. Las casas tiene piscinas y letreros en al entrada de: zonas vigilada. Hay coches BMW, Mercedes. Pocos metros antes aun se oía el relincho de un caballo que pacía tranquilo entre los juncos que crecen junto al lago.

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Capitalistas sin sentimientos ni humanidad, que no valoran nada, deambulan por las calles felices y contentos de su vida hedonista, repleta de vicios y malos instintos. Sus corazones son turbios cómo las aguas de las acequias. No hay nada bueno en ninguna persona que vive en esa urbanización.

Absolutamente nada bueno.

Ya el Magno cercano al mar tropieza con una pareja de jóvenes burgueses que salen de un chalet, una criada negra les llama desde la puerta:

Señorita Leticia, señorita Leticia, que se olvida de su pamela.

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Ahhhh- grita ella.

-Froilan por favor ve a por mi pamela- le ordena mirándose las uñas la joven Leticia.

-Enseguida vuelvo cariño- le dice dándole un beso en la mejilla.

EL corre a por la pamela.

-Me dan ganas de vomitar- exclama el Magno con fuerza para que ella le escuche y se violente.

Se cruzan una mirada asesina que demuestra que ambos saben a que clase social pertenecen y que son enemigos.

EL novio vuelve con la pamela y se la pone en la cabeza. Ella sonríe y el Magno imitando a la innoble Leticia, se quita el casco ciclista y se lo pone mirándose en un cristal para ver lo guapo que está. Luego se lanza un beso y saca la lengua, y una señora que está tras el cristal la abre y amenaza al Magno:

-Largo de aquí delincuente, pervertido o llamo a la guardia civil, que esos saben cómo tratar a los maleantes cómo vosotros.

Ya me voy señora, no molesta a la guardia civil- le dice y se aleja mientras escucha las risas de Leticia y su novio.

-Papa nos ha pagado un viaje a Nueva York para Navidad- grita ella para que el Magno le escuche.

-Excelente- contesta el novio.

Los tres cada uno por una acera, el Magno por la izquierda y los novios por la derecha llegan a la playa a la vez.

Coño, ¿ que es esto? Se pregunta el magno al ver a todo el mundo desnudo.

¿ Será la paya esa nudista de almenara ¿- se pregunta tratando de comprender donde está, pues ha cogido el camino al azar, pedaleando entre naranjos, y serpenteando entre las sendas, sin más pretensión que llegar a cualquier orilla.

Leticia se quita la ropa, se contonea para que todo el mundo vea su cuerpo de gimnasio y sus enormes tetas que le han costado 5.000 euros a papa.

Froilan saca perfume y se rocía con el mientras se desnuda.

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La playa nudista está rodeada de casa de lujo, de gente que viste con ropa de primera y les gusta el ambiente liberal de las playas nudistas, pese a ser agentes sociales represivos.

El Magno, repleto de sudor y sin importarle estar entre burgueses, deja la bicicleta apoyada contra una piedra del espigón y se tira al mar desnudo.

Al salir del agua el Magno, con la cabeza salpicada de la espuma jabonosa de las olas y su con su cuerpo cubierto por los brillos del arco iris que dejan las gotas aun aferradas a su cuerpo cuando el sol pasa por ellas; se le acerca un hombre peludo, gordo, calvo y con el zib empalmado que ha observado al magno bracear y luchar con las grandes olas que cabalgaba valientemente, y esto le dice:

¿ Tienes fuego?

No- le responde El Magno sin saber donde mirar.

-He visto que nadas muy bien, ¿puedo sentarme a tu lado?

-Verás, es que tengo algo de prisa, tengo que irme a trabajar- le contesta el magno atragantándose al hablar mientras se pone raudo el bañador.

-Venga hombre, no te vayas, si acabas de llegar- le dice el hombre gordo y desnudo.

Angelillo de Uixó.

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Benavites, eco rutas de Angelillo de Uixó by Ángel Blasco, angelillo de Uixó is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.