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Hermanolandia. La naranja de metal.

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I

A la hora del almuerzo se había producido un cambio de luna y estábamos todos muy animados contando anécdotas de nuestra vida laboral alrededor de una hoguera, pese a que la faena iba con retraso y el cabo cuadrilla estaba hecho una furia con nosotros. Había prometido pasearnos atado del cuello nuestro capazo de naranjas cargado con piedras cómo castigo por haberle hecho perder su tiempo ganando 8 euros hasta la hora de almorzar.

El legionario, nos contó arrimando sus manos agrietadas y llenas de inmundicia negra recogida de los arboles e incrustada en las uñas a la llama de la hoguera , que parecía cantar melodías religiosas primitivas , cómo acabó en su juventud un pesquero tras desertar de la legión porqué el sargento le tenía manía, Dios sabría el motivo. Cuando acudía al cuartel borracho acompañado de varias putas de Melilla que rondaban el cuartel, hacía tocar la corneta al centinela para despertar a los soldados que tenían que desfilar en calzoncillos delante de las putas. A todos les hacía desfilar, menos a él, que a modo de insulto le obligaba a presentarse ante ellas con el uniforme de gala y darle sus respeto cómo un caballero educado mientras el sargento les susurraba en voz alta a las putas:

Es marica.

Por este motivo decidió nuestro compadre huir por honor de la legión embarcándose en un pesquero.

Oh hermanos- con voz homérica nos relataba nuestro Ulises sus aventuras tras desertar de Itaca- en alta mar es donde he librado las mejores batallas de mi vida. Deberían haberme cubierto de medallas. Os contare mi aventura con una tortuga gigantesca. Un día en las aguas de Canarias, tras sacar de las redes entre las capturas una enorme tortuga de más de 300 kilos, que caminaba orgullosa cómo una reina entre los peces, lanzando bocados con su fiero pico a la tripulación. Incluso al patrón. Los chicos nos acercamos a ella y empezamos a montar encima de su caparazón, y a bailar sobre la concha de la tortuga mientras nos hacíamos fotos. Ella giraba su enorme cabeza, a modo de protesta, y lanzaba bocados al aire. Yo me acerque a su boca, y le puse el pie delante para que mordiera, y cuando iba a hacerlo lo retiraba, pero no se cómo fue, que en una de estas me agarro la bota. La partió en dos, menos mal que pude retirar el pie a tiempo, hacia el fondo de la bota, ya que en el mar, hermanitos, llevamos botas que nos viene grandes por si caemos al mar quitárnoslas rápidamente para poder nadar. No veáis hermanos el susto que me entro. Que quede pálido mirando a aquel puto animal. Me fui corriendo hasta la sala de maquinas y salí con una enorme maza de más de 10 kilos. La tortuga estaba allí plantada, cómo si fuera la dueña del barco, mascando la goma de mi bota y mirándome fijamente. Esclafe la maza contra su cabeza que quedo destrozada y esparcida por toda la cubierta. La tortuga levanto al máximos sus arqueadas patas, sin cabeza, y empezó a caminar hacia mi con su muñón ensangrentado donde había estado la cabeza que ya no existía. Caminaba macabramente chafando su propia sangre , así cómo a cientos de peces plateados que se agitaban sus colas desesperadamente haciendo un esfuerzo supremo por sobrevivir, hasta que chocó contra la cabina entre estertores. Sus patas empezaron a moverse cómo remos cada vez más fuerte. Estuvo así, en ese rincón unos tres minutos hasta que todo termino para esa gigantesca tortuga. El cocinero, un negro hindú que practica el vudú hizo una rica sopa con ella.

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En el momento en el que estábamos más a gusto hablando de nuestro heroico pasado alrededor de la hoguera que declinaba su llama, reducida casi al estado de ascuas, y nuestros ojos hipnotizados por su brillo se perdían entre los naranjos que nos llamaban. Apareció algo que jamás habíamos visto por estos lugares. De entre la sombra verde de las ramas apareció cómo una amenaza letal sobre nuestra espalda un tipo bien alimentado, correctamente peinado, afeitado y vestido con una gabardina. Calzaba zapatos elegantes. Llevaba en las manos una cartera de piel y un maletín con una maquina de escribir.

Lo miramos asombrados, y con temor al contemplar sus ropas muy superiores en calidad a nuestros harapos. Presentimos que se trataría de algo serio, y acertamos. El se presentó cómo un oficial de la inspección de trabajo. Nos enseño sus credenciales y todos nos pusimos muy nerviosos. EL cabo cuadrilla se escurrió con la excusa de que se había perdido sus documentos en unos árboles. Se adentro entre el bosque de naranjos. Vimos su sombra corriendo por las acequias.

Nosotros quedamos a su merced cómo ratones atrapados por un gato. Nos hizo unas fotos y con semblante serio de patrón de barco, nos dijo que nos iba a interrogar uno por uno, y que nuestra obligación era colaborar y decir la verdad.

A mi me señalo con su dedo inquisidor el primero, yo, cómo un cachorro de perro que sigue a su madre le seguí unos metros escuchando a Rocky decir al resto de compañeros:

No le digáis nada. Lo único que quiere ese tipo es jodernos. Seguro que lo han mandado los moros para que nos tiren al paro.

Por favor ¿ puedes traerme dos cajones?- me preguntó con amabilidad el inspector a lo que respondí que si.

Fui donde estaban mis compañeros aun sentados, expectantes con curiosidad de mirones y testigos ante el interrogatorio. De igual manera se hubieran comportado ante un cadáver, una violación, accidente de trafico con heridos, un incendio, o similares:

Venga Rocky y tú, tomas, mover vuestro puto culo de esos cajones, tengo que llevárselos al inspector.

No hables, no le cuentes nada- me ordeno amenazante Rocky poniéndose en pie y dándome el cajón mientras el inspector lo observó con una sonrisa de: tú serás el siguiente.

Tome señor- le dije cuando se los prepare para que se sentara y pusiera su maquina de escribir sobre uno de ellos.

Abrió su maletín de cuero y saco varios papeles con el timbre y logotipos del ministerio de trabajo, y un extraño manual sobre educación infantil.

Yo lance un profundo suspiro que el entendió cómo prueba de ansiedad.

Hijo, no estas detenido- trato de tranquilizar- solo voy a hacerte unas preguntas para ayudarte a ti, y ayudar a tu país. mira, estos tiempos son muy confusos, reina el mal por doquier ¿ Y sabes por qué?- me pregunto de una forma extraña.

Yo estaba de pie, con los brazos colgando y mirando las señales de Rocky con el rabillo del ojo. Lo veía haciendo el payaso con dedo en su boca, y pasando su dedo pulgar por debajo de su enorme cuello de buey , y señalándome a mi si hablaba.

No se porqué reina el mal- le respondí fastidiado al inspector. Y es la verdad hermanos, nunca lo he comprendido.

Él me miro con sus ojos azules y sonrió señalando un libro de educación infantil.

me lo temía- exclamo lanzado un vehemente suspiro. La causa de que las cosas estén como están, es por la educación antes de primaria.

¿ Eh?- le pregunte yo cada vez más extrañado de ese tipo que me empezaba a parecer que estaba cómo una cabra.

Si hijo, si. Yo soy inspector de trabajo, pero aficionado a la pedagogía. ¿ te sorprende, verdad? Mira chico, ( me dijo con orgullo de descubridor) he cruzado estas dos variables, y este es el resultado empírico que me da. Veras , los problemas laborales de nuestro país empiezan en la guardia, o más bien en que los trabajadores no van a la guardería. Con mis años de experiencia, haciendo inspecciones laborales por estos campos he comprobado que la mayoría de vosotros no ha ido a la guardería, y eso es el problema principal de todas estas situaciones, y que yo este aquí. Yo debería estar en una guardería, preparando a los trabajadores del futuro. ¿ comprendes? y ahora dime hijo, ¿ tu has ido a la guardería?

Yo cerré los ojos para tratar de recordar, pero no me salia nada y le respondí con sinceridad.

Mire señor, he intento recordar, pero la verdad, no lo se si fui a la guardería o no. Al colegio si fui varios años, hasta los 13 , creo. Lo que si recuerdo es que me echaron por quemar las cortinas del teatro de la escuela con unas bengalas. Lo que me proporciono una estancia en el hospital reflexiva de dos días por la paliza que me dio mi padre con la correa, y terror al teatro, al que jamás he vuelto.

El inspector anotó mi respuesta y volvió a posar su vista cansada y azul sobre mi, reparando en mi posición.

Está usted de pie. Por favor, vaya a por un cajón. Me da lastima que este de pie.

Yo obedecí de mala gana.

Mis compañeros me preguntaron al llegar a ellos.

¿ Cómo va?

Yo les respondí con el cajón en la mano con mi habitual sinceridad.

Creo que está pirado.

Esos son los mas cabrones- respondió Rocky.

Tumbe mi cajón de mala gana frente al suyo y me puse a su disposición.

Sacó en esta ocasión varios papeles de la todopoderosa oficina estatal de empleo del reino de España.

Empezó preguntándome nombre, apellidos, nacionalidad, para pasar a preguntarme el precio que cobrábamos por el cajón de la naranja, si lo que cobraba en la nomina era la verdad o recibía dinero en negro, las horas que trabajaba, si había recibido algún curso de higiene por parte de la empresa, equipo de seguridad , y un sin fin de preguntas que intuía no se muy bien porque, eran mal intencionadas con nuestra empresa.

Yo siempre he pensado cómo mi compañero Rocky, que es una contradicción de que el estado se esfuerce en ayudar a las empresas para que la gente trabaje, y luego las controle frenando su riqueza.

Así que opte por responder a todo lo que preguntaba que debía cumplir la empresa, o haber cumplido, cómo que lo había cumplido.

ÉL se anotaba esas respuestas, cuando termino de interrogarme, me solicitó que llamara a otro compañero.

Cada uno respondía una cosa. Habían hecho un pequeño ensayo en torno a la hoguera de lo que tenían que decir. El legionario incluso llamó al jefe de la empresa que les dio instrucciones. Lo malo es que ante el inspector , por los nervios incurrían en contradicciones, según el inspector debida a su falta de haber ido a la guardería y su egoísmo innato.

Una vez estuvimos todos debidamente interrogados. Se levantó el inspector y se dirigió hacia nosotros. Su aspecto imponía autoridad con su gabardina negra ondeando, sus finos guantes blancos de gentelman, y su cara perfectamente resurada y sonrosada, en franco contrate con nuestro misero aspecto.

Caballeros, siento haberles entretenido estos valiosos minutos de su trabajo. Yo el mío ya lo he hecho, ustedes ya pueden seguir. Han colaborado de forma perfecta con la inspección de trabajo del estado español. Le mandaremos una postal por navidad.

Recogió su maletín y su maquina de escribir, y como vino, se fue.

Desapareció físicamente, pero su presencia estaba entre nosotros.

Nosotros empezamos a silbar para que volviera el cabo cuadrilla y nos ordenara que teníamos que hacer, pues estábamos muy desconcertados y apunto de pelearnos.

Rocky acusaba a Tomas de haber hablado varios minutos más con el inspector que el resto.

¿ Que le has dicho hijo puta?- interrogó Rocky a Tomás.

Nada, de verdad Rocky. no he dicho nada, que se muera mi madre si miento.

Tu madre ya esta muerta- apuntille yo en honor a la verdad, pues no soporto las mentiras.

Está bien, pues por mi padre- respondió Tomas con la mano de Rocky en la garganta.

Eso está mejor- dijo Rocky aflojando.

El cabo desde un naranjo asomo la cabeza.

Eh chicos, ¿se ha ido ese hijo puta?

Si, si, sal sin miedo- comete para que le volviera el valor. Era un pena ver a nuestro cabo !con todo lo que había sido!  en ese estado tan lamentable.

El cabo salio totalmente color sepia.

¿ No habréis hablado de mi ante ese cerdo? preguntó.

no- respondimos.

¿ ha dicho algo de mi? con temor pregunto.

No- le tranquilizamos .

¿Seguro?- pregunto sospechando de nosotros.

Que no ostias, que no- le tranquilizamos nuevamente.

Por primera vez desde que trabajaba en la empresa ,nos mando meternos en le huerto con calma.

Venga, a mover las manitas princesas- nos dijo casi sin ganas, mirando melancólico el suelo donde había una naranja podrida y otra chafada.

Nosotros de forma lenta, volvimos dentro con dudas, mirándonos cómo enemigos.

II.

El inspector al llegar a su oficina se quitó la gabardina que colgó en el perchero. Subió la persiana de rejillas y encendió el calefactor eléctrico cuya resistencia empezó a cobrar un color naranja para pasar a convertirse en rojo.

Se sentó en su silla frente a la mesa y de quito los zapatos. Saco una botella de whisky y un pequeño vaso y dio un trago que le reconcilio consigo mismo.

Ojeo un libro de guardería.

Luego guardó la botella de whisky mientras cerro los ojos unos segundo intentando correlacionar datos.

Hablaba consigo mismo pensando en voz alta.

Es imposible encontrar entre estos hombres ennegrecidos por el sol y la lluvia, repletos de polvo y de restos los pesticidas tóxicos pegados a las hojas de los naranjos y a su carne, algún atisbo de verdad en sus palabras. Los arboles de los campos están enfermos, llenos insectos diminutos inmundos que se los comen desde la raíz, cómo el alma de estas personas.

Se que me han mentido. Tengo por una parte los datos con el peso del total de naranjas que recogen y van a la bascula del almacén, las nominas, las cotizaciones de la seguridad social de cada uno de ello. Más a parte, seis denuncias anónimas de trabajadores.

¿ No sería por mi parte una prueba de desprecio a su heroicos sufrimientos hacer un informe negativo basado no en la verdad, si no en las miles de mentiras que me han contado?

¿ Acaso esta gente desdichas, egoístas, cobardes, no son más honrados que cualquier empresario?

Estos trabajadores medio imbéciles y desequilibrados, no han ido a la guardería. Necesitan ser tratados así para que no anden por el mal camino de la vida. Dios sabe si no estuvieran aquí recibiendo instrucción laboral , lo que estarían haciendo en la ciudad.

Al mentir han dado una gran prueba de lealtad y de interés por la empresa.

No puedo más que manifestar en el informe de la inspección de trabajo que yo represento cómo autoridad laboral que se está haciendo todo bien. Se debería premiar a la empresa por su compromiso social y su gran labora educativa.

Sin este tipo de empresas no se que sería de estas personas que no han ido a la guardería.

Acabarían por la calle, en pandillas o en la cárcel, siendo una carga para el estado.

Angelillo de Uixó.


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