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La naranja de metal: operación maquillaje.

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La empresa de trabajo temporal para la que iba a empezar a trabajar en una unidad de recogida de naranjas, había apostado por todos nosotros ese día de igual manera que el chulo de mi barrio cuando nos traía al parque después de la misa evangelista a su puta favorita para que se ganara el pan como Dios o el diablo manda.
Nosotros, cómo recompensa por la confianza que nos daba la empresa temporal, quisimos ser legales con ella cuando nos dijo que la ley les obligaba a que fuéramos equipados al trabajo con botas de seguridad, gafas de seguridad, guantes, capazo, alicates, y que se cobrarían este material de la nomina.
Los que eran mis nuevos compañeros y yo, respondimos que sin problemas, que la ley es la ley, por mucho que nos moleste llevar gafas de seguridad, y botas que pesan un quintal y son más apropiadas para tirar a un tío a un río y hacerlo desaparecer del barrio.
Un chico del grupo con cara de espabilado saco la cartera y dijo:

Yo ya pago por adelantado.
¿ cuanto es? ¿ 40 euros?

La secretaria empezó a sumar la factura mientras entraron las bajas del día anterior.
Venían derrotados, tristes y silenciosos. Nos miraron al entrar con envidia por nuestra alegría y se colocaron a nuestras espaldas,  señal semejante a los perros vencidos en una pelea por el dominio dentro de una misma manada.
Esos son los chicos que han sido baja- comento una secretaria rubia bajita con cara de idiota a su compañera para que sacara los papeles del despido.
Nosotros los miramos con pena.
La verdad es que también nos daba asco verlos: había un gordo calvo, un viejo sin dientes, otro que cojeaba que comento haberse caído de un cajón, otro de ellos tenía aspecto de sordomudo, un hombre mayor con muchos tics  y ojos de búho.

Yo mire a mis compañeros, y me dieron más confianza, parecían hombres sanos y completos, cómo yo. Sabía que mi supervivencia laboral dependía en que estas personas corrieran cómo demonios por el campo cargados de cajones repleto de naranjas, y no les importara ser humillados e insultados por el capataz, y hacer un favor cuando hiciera falta.
Hoy por mi, mañana por ti.
Me preocupo un chico joven con cara de intelectual,  siempre son vagos, desleales y quejicas. Quitando eso, entre mis compañeros había un bizco, un tipo repleto de tatuajes y con un gran bigote negro, otro medio gitano y blanco con aspecto de gato, un melenudo con chupa de cuero abierta que dejaba ver una camiseta de interior personalizada con su foto y un cartel que decía:

Soy el rey de los petas.

Si, parecían buenos chicos, gente legal a los que podrías entregar tu vida en los momentos más duros. Gente capaz de dar sus propios huevos por ti siempre y cuando les demostrarás que estabas a su altura en la vida.

Menuda cabronada- comento el gordo y calvo que firmaba la baja lanzando un sonoro suspiro a modo de queja que le servio para que la secretaria le sonriera con compasión y entendimiento.
La verdad es que las palabras del gordo, a los chicos y a mi nos llegaron al corazón, que por cierto, lo teníamos muy sensible en materia laboral. Yo mismo, aunque parezca extraño llevaba tiempo sin trabajar, cosa que me desesperaba profundamente. Imagino que sería igual para el resto de mis compañeros.
Mientras recogíamos las botas, el contrato y demás, tuve una sensación de que la empresa nos podía traicionar. Pero dentro de mi deseche la idea. No, nosotros no eramos cómo esos tipos que habían sido baja. Además, estaban todos esos eslóganes de la ETT escritos por todas partes:

Confiamos en los trabajadores.
Lo más importante para nosotros sois vosotros.
Un trabajador feliz, un empresario feliz al cuadrado.

Mis primera palabras a mis nuevos compañeros fueron la lectura reflexiva de estos eslóganes publicitarios.
Exclamé con euforia y optimismo:
Estamos en buenas manos.

El intelectual movió la cabeza de forma extraña, cómo negando, cosa que francamente me desagrado.
Ya nos íbamos, cuando una secretaria sin mirarnos a la cara y con indiferencia que notamos cuando la observamos al girarnos, nos detuvo.

Esperar para conocer a vuestro cabo.

Todos nos detuvimos. Contemplamos las firmas de la baja de los trabajadores del día anterior, y cómo les daban el finiquito de un día a las bajas.
Una auténtica miseria que no cubría ni una tercera parte del material que le debían a la empresa y con la que tenían una deuda.
Sin duda a nosotros eso no nos pasaría, pensé.
Me tranquilizo intuirlo gracias a los comentarios de mis compañeros:

-Si han cobrado poco es porque se merecían cobrar poco, miau- fueron las primera palabras al sentarse en una silla del medio blanco medio gitano que miraba a las secretarias cómo un gato a un ratón.
Hay gente que no sabe- conformo el bizco mirando de perfil al hombre gato.
Nos comentó el chico de la chupa de cuero una historia de un tipo que conocía. Una leyenda en el mundo de la naranja que no terminamos de comprender del todo.
Yo conozco a un tipo que se empeñaba en contar cada naranja que recogía,hacia multiplicaciones mentales con ellas. La empresa le decía, eh tu, vega, deja de contar, que no eres notario y ve más deprisa. Era una buena empresa, podría haber hecho fortuna, pero el tío se empeñaba en contar las naranjas, no se porque le daba por hacer eso. Era del barrio, un buen tipo por lo demás, pero tenía ese defecto. Al final creo que lo tiraron. Se lo tuvo bien merecido-
Y todos le dimos la razón sin saber muy bien la razón.
Entonces apareció ante nosotros un tipo que venía del gimnasio vestido cómo un policía nacional, todo de azul. Dejo caer la bolsa de deporte al suelo que sonó a metal. Ruido de pesas. Cogió unos papeles del mostrador que le dio la secretaria rubia con cara de idiota diciéndole:
:
Esos son los nuevos.

ÉL se acerco a nosotros mirando nuestro nombre en los papeles.

Nos dijo:

Mañana a las seis de la maña aquí.

En esta empresa tendréis el futuro asegurado siempre y cuando acatéis mis ordenes, y sobre todo, cojáis más que la colla de Alí.
Nos aclaro a gritos quien era Ali.
Alí trabaja para este almacén, tiene varios moros que son realmente cojonudos cogiendo.
Hay uno que tiene seis dedos, y es capaz de coger el doble que un tipo normal. Unos dicen que es porque tiene seis dedos, otros que el mismo Alá lo hizo nacer de una naranja. yo no lo se, ni me importa, solo quiero que llegue el sábado y ver a ese Alí en el puticlub y decirle que mi colla ha sacado más cajones que él. Solo pido eso, no es mucho pedir ¿ verdad?
Nos echo un vistazo y nos ordeno que le enseñáramos los dedos.

a ver vosotros, enseñarme los dedos.

Le mostramos los dedos. Le decepcionó  al cabo cuadrilla que todos tuviéramos 5 dedos en cada mano, menos el bizco que tenia en una mano cuatro. Lo que le irritó al descubrirlo advirtiendo al bizco:
Tu no tienes manos de cogedor, pero en fin, si estás preciosas secretarias han tenido a bien catalogarte sin verte las manos cómo cogedor, seras cogedor, y ahora, a descansar monadas con manos de pato, mañana hay que trabajar.
Cada unos se fue a celebrar el contrato a su bar de confianza.
Al día siguiente con resaca montamos en una furgoneta destartalada, entre cajones de naranjas vacías. Mecidos por el bamboleo del vehículo contemplamos el amanecer del campo valenciano.
Había putas en las carreteras secundarias a las que pitábamos. Ellas nos alegraban la vista y el oído levantando sus suéter de putas y  enseñando sus pechos mientras nos retaban a parar.

Parar, parar, os daremos amor del bueno por muy poco.

Venga cogedores, entrar en calor con nosotras. Estamos muy calientes.

Con dolor en el alma y la conciencia elevada en el cumplimiento del deber abandonamos a esas divinas criaturas arrojadas cómo el estiércol en los campos de naranjos para ser devoradas cómo dulces naranjas compradas en la lonja. Vidas enraizadas en la miseria de las aguas turbias y verdosas de las acequias, el barro, la hebilla de los chulos, la risa de los mirones ,y el pasto de clientes envejecidos propietarios de los huertos, camioneros, yonkis, trabajadores de la naranja, y la maldita escarcha helada de la mañana. Sabíamos que a la vuelta al atardecer las encontraríamos en el mismo lugar, formando una larga fila de soldadas del ejercito de cupido y la felicidad de los naufragados, dispuestas a fumar por calderilla el amor acumulado en nuestros pantalones sucios.
Nada más llegar al campo y bajar de la furgoneta, el cabo eligió un cajón y me ordeno que le diera la vuelta.
Puse el culo del cajón arriba, y el cabo tuvo a bien sentarse dando orden de que empezáramos a movernos.
EL campo que nos había tocado era una putada: naranja de pequeño calibre que debíamos sacar a ramillete, a calibre y a color.
El precio a un euro el cajón, menos de la mitad que marcan las putas leyes del sector.
Pasaron dos minutos cuando empezamos a escuchar los primeros insultos:
Malditos cabrones mentirosos, dijistéis que sabíais coger y ya han pasado dos putos minutos de mi vida y no veo salir a nadie con el jodido capazo lleno de naranjas.
Os voy a arrancar los huecos y me voy a hacer un cantimplora con ellos, o meterlos en el cajón para que haya algo que facturar, aunque no pesaran mucho cabrones. Malditos bastardos hijos de perra.
¿Para qué me hacéis venir aquí con mentiras?
He gastado 20 euros de gasolina. Me la debéis.

No he visto gente tan inútil cómo vosotros.
Vuestras madres tiene la culpa por haber hecho hijos así de inútiles.
No me extraña que mi país este arruinado.
¿ Que empresa puede competir con una alemana si sus trabajadores son tan lentos?
Entonces salí yo el primero, y al ver el cabo que había una naranja con el ramillete demasiado corto, me detuvo y me amenazo levantándose del cajón.
¿ Has visto esto?- me preguntó con la boca abierta cómo un loco con una naranja en la mano.
Si- respondí yo.
Eres más tonto de lo que pensaba. Está naranja no tiene tres dedos de ramillete, esto no vale una mierda, igual que tu.
No vuelvas a sacar ninguna así- me advirtió lanzándola sobre mi.
Al siguiente en salir le toco meterse una naranja en la boca para que aprendiera a coger las del calibre que tocan por haber sacado varias pequeñas.
Le explicó con paciencia de maestro su castigo:
Si tienes dudas del tamaño, te lamentes en la boca cómo la polla de tu novio maricón de mierda.

Pasamos las primeras horas entretenidos, corriendo y esforzándonos todo lo que podíamos sin que se notara mucho nuestra entrega a la causa de la ETT debido al mal estado del campo y las naranjas. Aunque desde luego, eso no era excusa para que solo hubiéramos ganado 10 euros.
EL cabo cuadrilla se quejaba de que por nuestra culpa no podría pagar la letra del piso y acabaría en la calle con nuestras madres.
Nosotros nos pusimos de a cuerdo en darle algo de nuestro dinero para remediar esos problemas.
Más os vale que lo hagáis- nos recomendó.
A la hora de comer llego el camión, y el peor de los castigos en la recogida de la naranja. Donde el insulto más grave a tu condición de trabajador es hacer el trabajo más duro, que es el calificado de los torpes por haber fallado a tu grupo. Subirse al camión y cargarlo es el castigo en el campo. El intelectual que apenas podía mantenerse en pie fue el elegido para subir al camión. Yo viendo que apenas podía más, me ofrecí voluntario para ayudarle.
Cargamos el maldito camión entre los dos.
Después comimos entre un largo silencio donde solo se oía nuestros bocados resignados.
EL cabo se fue a un rincón para estar solo y meditar sobre su conciencia.
Algo le preocupaba en su cabeza.
Todos sufríamos por él. Era un tipo que deseaba lo mejor para nosotros, sin embargo, pese a sus consejos, no iban las cosas cómo deseaba y nosotros lo pasábamos mal por miedo a defraudarle.
Volvió para comunicarnos algo. Su aspecto era trágico. Puso su móvil ante nuestras caras y nos hablo midiendo las palabras:
Hace un momento, a las 14:17, me ha llamado Alí desde Vinaroz diciendo que tienes ya más de 700 cajas. Nosotros no llevamos más que 230.
Desde luego no es culpa mía esto.
Yo hago lo que puedo, y vosotros lo sabéis, sin embargo vamos mal.
EL medio gitano y medio blanco, cómo un gato acorralado se levantó para acusar al intelectual por la situación.
ÉL tiene la culpa de todo.
EL bizco en seguida se apunto al reparto de culpa y también le señalo, así como el hombre silencioso de los tatuajes y el bigote que nunca hablaba.
Es cierto, es cierto- dijeron y señalaron todos ellos.
EL cabo miro al intelectual y le preguntó con piedad cómo un padre:

¿ Que tienes que decir hijo?

EL intelectual miro a través de sus gafas de pasta avergonzado:
SI os parece, iré a parte.
Por supuesto- cometo el cabo cuadrilla y dio un aplauso instructivo que indicaba la dirección hacia el huerto y se reinicio del trabajo.
ÉL se sentó a comer una naranja y redactar un mensaje para Alí.
Por la tarde, pese a nuestro interés por enderezar el día no conseguíamos avanzar entre ese huerto sin apenas naranjas. Además, hubo un extraño accidente.
Al intelectual, el bizco que era su compañero, le dio disimuladamente un empujón que hizo que se clavará en el ojo una rama dejándolo tuerto.
Salio el intelectual chillando, tropezando y con la mirada borrosa.
EL cabo lo acerco a Sagunto donde cogió el autobús hasta vall duixó tras llamar el cabo a la ett para que lo despidiera por torpe.
Al terminar el trabajo ese día, el cabo nos dijo que le dábamos asco y que no volviéramos a aparecer ante su presencia.
Al día siguiente, al ir a firmar el finiquito encontramos a unos chicos firmando el nuevo contrato.
la secretaria al vernos dijo a su compañera para que sacara los papeles:
Ya están aquí las bajas de ayer.
Los nuevos nos miraban con desdén.
Entre nosotros había un bizco, uno con un solo ojo, uno medio gitano y blanco, otro que no hablaba con bigote y tatuajes, un tipo extraño con una chupa de cuero y una camiseta blanca con su foto que se auto implicaba en el asesinato del presidente Kenedy, y yo.
Angelillo de Uixó.
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