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La escena se inicia en Occidente, en un pueblo de la cuenca del mediterráneo, en un hogar depauperado de vall d´uixo, donde  un excluido social  arrinconado por el sistema, bajo la bandera comunista colgada del salón, celebra la noticia del lanzamiento de un misil por parte de la desesperada Corea de Norte amenazada por ese mismo sistema que le oprime. Simboliza ese apoyo a través de un ritual encendiendo una vela bajo la bandera comunista.  Unas palabras  tiemblan ante la llama mientras se deslizan de sus labios.

La inteligencia y la pobreza,

aisladas,

se defienden en conjunto.

Un silbido heroico,

capaz de hacer llorar al mundo

con su furia.

Eleva la mañana a amenaza.

La evolución y un pueblo aislado,

se defienden en conjunto.

Del otro telón,

que envuelve al mundo con su farsa,

en los grandes salones,

con sus mujeres de gala

y sus hombres de éxito.

apoyados en la barandas,

de las grande torres de cristal

por las que fluye el dinero

que hace libre a la estatua de la libertad.

Flotando sobre un mar de cieno.

Entre la razón y la dominación.

Entre la defensa y la destrucción.

Entre los principios y el baile de salón.

Un silbido lo mantiene todo en el aire

en un precioso equilibrio.

Angelillo de Uixó.

 

 

 

El interprete de la pianista.

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Una puerta cerrada hace años se abre cómo un sepulcro.

Una voz cansada exclama al contemplar un teclado apoyado sobre una vieja pared:

Ahí está después de tantos años de que ella se fuera.
Avanzan pasos en la penumbra entre viejos trastos olivados.
Sobre las notas del piano hay filtrada humedad que suena en silencio acompañado entre pepitas de calabazas esparcidas por en el suelo que han germinado y suben por las teclas.
El penetrante olor agrio a humedad llena la habitación de embriagadora melancolía y paz espiritual envidiada por los mártires.

La luz devuelve a la vida unas semillas de amapolas que descansan sobre un lecho de limo verde con cal desprendida de la gotera.
La mano del intruso en la habitación, acaricia cómo si fuera el tacto de ella, una pastilla de jabón envuelta en un plástico que suena al retirarlo cómo un arpegio helado que se derrite. Al olerla, aún desprende cómo un tesoro de su trabajo, el jugoso aroma a sandía y coco de que está hecha por sus manos antes de que se fuera, dejando su voz de despedida entre las teclas del piano que le espera apoyado en la pared.
Un golpe de cinco dedos suena formando una escala que sube hasta el techo y desciende regresando en la siguiente escala hasta el teclado.

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El ritmo se acentúa tras el primer golpe frenético en escala de do menor, mientras una pianista vuela en un avión sobre el océano durante horas y horas dejando tras de si una monótona estela sobre el cielo tras haber dejado abandonado las inmensas praderas que recuerdan la vida salvaje que unos colonos llegados de otro lado de ese océano exterminaron.
La música gritaba entonces alto.
Eran tambores de guerra que sonaban en las colinas desde el amanecer hasta el anochecer, sobre la piel de los tambores se reflejaban lunas y estrellas de un universo que se perdía para siempre tras los cacos de los caballos, luego llegó cómo en el negro espacio donde no existe el sonido, el silencio.

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En lo alto de una colina, una muchacha, una colona arrastrada a ese nuevo mundo enloquecida, llevo un piano, y toco durante horas y horas asqueada por los de propia raza, que entendieron  su música, música para el asco, la encerraron en un psiquiátrico, y metieron el piano en una habitación que era cómo un sepulcro.

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La puerta de esa habitación se cerro, mientras se levantaban iglesias y sepulcros por todo el país que cantaban aleluyas de gracias a Dios por haber llegado la paz tras exterminar a los nativos.
Muchos años después aquello, se olvidaron de la pianista y de su música. Los artistas cantaban canciones al amor y la concordia, y se prometían que nunca más harían la guerra, solo el amor. Pero a cada juramente de amor que se hacían, al otro lado del mundo, una cabeza estallaba de un cañonazo porqué su país estaba haciendo nuevamente la guerra para defender los valores de su sociedad.

Sobre el piano cae una funda.
Los pasos se retiran con él teclado en los brazos.
La puerta se cierra y la soledad y el silencio se extiende cómo un drama entra las pepitas de calabaza, entre  simiente de amapola.

El avión va perdiendo velocidad y altura. Abre el tren de aterrizaje, zigzaguea por el cielo, las luces de tierra y las del avión parpadean. los vehículos de pista están preparados.
Los radares de la torretas giran sin cesar, las antenas de telecomunicaciones apuntan al cielo por el que emiten sus radiofrecuencias. Los controladores desde la torreta atiende a todos los gráficos y luces que indican cientos parámetros. Las emisoras de radio se comunican con el vuelo a cada minuto. La azafatas se sientan y se ponen el cinturón de seguridad. Desde los enormes cristales del aeropuerto que dan a la pista, los viejos que esperan o van a embarcar ven cómo desciendes los aviones de cielo, o despegan ruidosamente bajo paneles indicativos de horarios, destinos, llegadas, salidas. Se escuchan los pasos veloces de gente que va y viene por los pasillos.

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El interprete de la pianista. by Ángel Blasco Gimenez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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