Cantan las chicharras por un tipo con el agua al cuello.

Posted: September 5, 2018 in represión, relatos, distopias

 

Los que lo habían conocido de toda la vida lo miraban con indiferencia al verlo pasar por las calles de Vall d´Uixó empujando un carretillo con utensilios de labranza tirado por dos perros. Estaban acostumbrados a verlo en ese estado de miseria que parecía irremisiblemente de por vida,  como la situación de muchos vecinos de Vall d´Uixó. Aunque de esto no se hablara en las calles, ni en la prensa, pese a que flotaba un ambiente de ira contra esta injusticia en forma de desigualdad, pobreza y verdadera miseria colectiva. Pero en este estadio pre rebeldía todavía estaba nebuloso en las mentes y no se veía con claridad un alba revolucionaria, ya que la confusión de si los tiempos eran buenos o malos no era clara. Según algunos se vivía mejor que nunca, según otros peor que nunca. El caso es que con toda la naturalidad del mundo, los ultrajados, los que habían sido conducidos a la exclusión social, al hambre, a la desesperación pasaban delante de sus amigos, vecinos, como vencidos, fatigados y acobardados. Este hombre que tiraba de los perros, llamado Ángel, pese a llevar diez años, casi once ya, de verdadera exclusión social,  aún se mantenía fuerte. Su aspecto había cambiado tanto que parecía otro, sin que se supiera el motivo del cambio. Diez años antes sus facciones eran suaves, casi femeninas. Ahora aquel joven bajito, moreno, delgado,  era un hombre de mediana  edad de complexión fuerte, acostumbrado a los grandes esfuerzos y a salvar penalidades económicas y emocionales. Llevaba  la cabeza rapada y una larga perilla que a veces ataba al estilo armenio, dándole un aspecto salvaje. Aunque el verdadero salvajismo vivía dentro de él. Le quemaba una ira contra la  injusticia, las mentiras que vertían contra él y contra los que estaban como él. Rumores lanzados por los patronos, por los políticos incluso de izquierda progresista, los periodistas, psicólogos, animadores sociales, community manager, las trabajadoras sociales. Para estos quien acababa en la pobreza se debía a que eran vagos, inadaptados, incapaces de soportar las reglas del mundo y tomar decisiones correctas.

Cuando pasaba junto sus vecinos, o sus antiguos amigos apenas se decían nada. Una especie de vergüenza secreta se manifestaba en ángel. El resto sonría con la satisfacción de que a ellos les iba bien, o les iba mal pero decían que les iba bien. Quizás fuera una risa nerviosa, fingida,  o sádica. Nunca lo tuvo claro Ángel. Solo tenía la interpretación en su memoria la de aquellos ojos de sus amigos. Su mirada, con ella intentaba adivinar que pensaban de él. ÉL los miraba desafiantes al verlos junto a sus coches, bien vestidos, junto a sus hijos que llevaban al repaso para que el día de mañana fueran ejecutivos. AL verlos tenía que alejarse de allí al sentir una especie de violencia nerviosa contra ellos, quizás motivada por la envidia. Sus perros parecían notarlo y tiraban con más fuerza del carro. Una vez salían de las calles, las pequeñas y abandonadas montañas, o los barrancos llevaban a sus huertas. Huertas donde las plantas crecían pese a sus esfuerzo pobres e improductivas. Ángel lo sabía. Era consciente que los terrenos que ocupaba no tenían agua, la cual llevaba con garrafas de fuentes o aljibes. Tampoco tenía estiércol. Las plantas crecían anémicas, alimentadas con goteros como los que inyectan a través sueros a los enfermos. Aquellos terrenos eran trabajados de forma artesanal : a pico y azada. Solo cuando alguna vez llovía, esas plantas aletargadas, embobadas con sus gotas de agua insuficiente del gotero, movían y empezaban a dar frutos. Sus hojas amarillentas se convertían entonces en verdes, anchas, amplias, las flores se convertían en frutos con bachoquetas, guisantes, lechugas, tomates, alcarchofas, habas, pimientos… se amontonaban y durante dos semanas Ángel no sabía que hacer con tanta producción. Pero cada vez llovía menos, y las plantas pronto volvían a aletargarse, como él. Le volvía la fatiga, el cansancio, la improductividad de una vida de ir de un huerto a otro andando, acompañado de los perros ,y pasar horas y horas, a veces hasta cuatro o cinco horas diarias  para llevar 100 litros de agua de alguna fuente o aljibe de las montañas. Al final de la jornada volvía a casa con una lechuga o un cuarto de kilo de bachoqueta. Después de cinco horas de trabajo. Su sangre hervía al ver a la gente de la escuela taller de jardinería que estaba sobre uno de sus huertos. Cobraban al mes más de ochocientos euros, se les daba un oficio que despreciaban pasándose el día a la sombra haciendo chistes. Entonces la amargura le corroía Ángel y sobre él recaían las miradas de aquellos ojos de los alumnos   de la escuela taller. le miraban como a un idiota. Algunas personas que pasaban que ese lugar y adivinando lo que debía sentir le decían:

Yo que tu no estaría perdiendo el tiempo en ese campo.

Debo estar aquí sin plantarme el sentido de mi destino- les contestaba Ángel tragando saliva, ya que a algunos los conocía y eran gente que se pasaba el día en el bar. Vivían gracias a que una o dos veces al año les contrataba el Ayuntamiento para limpiar caminos. Aunque en realidad cuando trabajaban se iban al bar de tan acostumbrados como estaban a pasarse el día en el bar.

EL encargado lo sabía, por eso también estaba todo el día en el bar.

Ángel cuando estaba solo, con sus perros atados a un naranjo para que descansaran cuando terminaba de cargar agua, contemplaba la naturaleza que le rodeaba. Valoraba su trabajo, veía aquello preparado para producir, estaba todo bien hecho, y lamentaba no tener los medios adecuados para darle rentabilidad. Sabia que se podía, pero no encontraba la forma.

Picaba con el pico y las chicharras cantaban. A veces se subían a las maderas  que servían de verja l y como si fuera un minarete cantaban las chicharras desde lo alto de la hierba. El sonido del pico y el de las chicharras cuando se fundía le encantaba a Ángel , sintiendo una consoladora y casi mística espiritualidad que lo embargaba, llegando sin darse cuento a hablar solo en medio de esos bancales perdidos:

“Que hermoso es el canto de las chicharras.

Nada lo supera en  este páramo seco,

salvo quizás, el sonido del pico sobre la tierra.

El pico y la fatiga se acompañan como nadie con el canto de la chicharra.

Todo se cierra en torno al hombre que vuelve a la tierra.

De la que solo saca  la cabeza.

El resto esta ya en un hoyo cada vez más profundo, pero llegará el día en el que encuentre la salida”

Y llegó el día. Un día en el que su sencillo nombre brilló en la prensa, en el diario levante, hablando de su caso. Un diario  no caracterizado por ser precisamente de izquierdas, sino más bien liberal social conservador. Unos meses antes le dieron en la calle un panfleto. Se lo dio un chico Venezolano que los iba entregando en servicios sociales, el INEM, en las ett, sin que la gente le prestará atención. Las hojas las cogían por educación, los que las cogían, y en las esquinas se deshacían de ellas.

A Ángel le  entregó una mientras esperaba en servicios sociales. Miró al chico. Se trataba de un muchacho mulato, alto, delgado pero fibrado, con unos dientes perfectamente blancos, y unos bíceps y abdominales de  atleta que mostraba con la sensualidad propia de las gentes del Caribe a través de una camiseta de tirantes ajustada de rejillas transparentes. Sus cabezos rizados y largos de color negro azabache  formaba sinuosas caracolas que caían sobre su rostro imberbe- como la mayoría de gente del Caribe. Su piel rojiza brillaba como si estuviera ungida en aceites. Parecía salido de una de esas fabulosas playas caribeñas con su pequeño bañador que le cubría poco más de las ingles dejando medias nalgas al descubierto. Sus piernas parecían dos enromes torres que iban suavemente descendiendo hasta el suelo mantenidas por unos grandes pies. En su cuello llevaba atada una caracola con muchas puntas y un diente de tiburón, que luego se supo que mató con sus manos para salvar la vida de un turista Español que se cayó al agua de una piragua que él conducía cuando trabajaba para una empresa de turismo.  Pese a su aspecto que pudiera parecer frívolo, salido de la serie de los vigilantes de la playa versión culebrón Venezolano, Nícolas era una persona con compromiso social. Salió de Venezuela decepcionado con su pueblo que  traicionó la revolución y se manifestaba contra la políticas sociales de Maduro porque   querían vivir como los americanos del norte. Nícolas, para conocer la imitación de los yanquis a lo hispano  pensó en visitar en España.

No tardó  en conocer en los varios años que estaba en España los trabajos temporales: como reponedor en grandes superficies comerciales , como camarero trabajando 12 horas diarias en Marina D´Or, la esclavitud del campo recogiendo naranjas, el del sector del transporte portando paquetes en moto, donde se tuvo que comprar el vehículo trabajando para una empresa que cotizaba en bolsa, además de pagarse el autónomo, un autónomo falso ya que trabajaba según horario, clientes y condiciones de esa multinacional del transporte.    De estos trabajos temporales recibía siempre un salario que solo daba para pagar el alquiler de un piso de 60 metros compartido con seis personas más, el transporte, la luz y la comida.  En la actualidad trabajaba de acomodador en unos multicines después de sufrir una accidente del que salió ileso, pero  perdió la moto al saltar puente con la moto por culpa de las prisas pensando que así atajaría. Trabajaba Nícolas 10 horas a la semana de forma legal, aunque hacía  20 hora a la semana como  acomodador en el centro comercial de la Salera, y gratis los festivos  a modo de propina a la patronal. No comprendía como los muchachos y muchachas que entraban al cine, algunos universitarios, no tenían una inclinación a rebelarse ante el panorama social. Nícolas entró a través del casal popular de Castellón en contacto con la oficina obrera. Esta, intentaba dar voz a los que no tenía voz. Era un centro local obrero de Castellón, al margen de las actuales corrientes de conformismo de los progresista y grandes sindicatos de trabajadores que silenciaban la problemática social esperando que el mercado regulara la conflictividad mientras ellos recibían subvenciones de la patronal y el estado.

¿ qué es esto? Preguntó Ángel  a Nícolas cuando le entregó el hoja de la oficina obrera.

Nícolas clavó sus ojos verdes claros que contrataban con su piel rojiza de nativo en los de Ángel. Nícolas sintió al ver los de Ángel que en él brillaba también esa extraña llama que teje lazos en la humanidad oprimida.

La oficina  obrera es una organización que desea denunciar el clima de injusticia  a nivel local sobre los que no tienen voz.

Nícolas miró con ternura a la gente indiferente que le rodeaba. Había chonis con su móvil mascando chicle que estrellaban contra sus labios inflados de silicona como sus pechos. Gitanos chistosos de ojos brillantes y comentarios racistas contra la gente  de la Pampa.

No perdamos el tiempo aquí. Esta gente está podrida por el sistema. No hay ni uno que sienta empatía por la humanidad. Solo buscan que les arrojen una pequeña paga  como cuando se le tira a un perro un hueso. Viven de la ley del embudo. Ellos están en lo más estrecho  del embudo, cuando el sistema lanza provisiones esperan que les caiga algo. Viven mirando ese embudo esperando que empiece  a arrojar. Para muchos como es tan estrecho que no llega nada. Quiero ir a esa oficina obrera.

 

Ángel leía en el periódico levante un artículo salido de la oficina obrera. Hablaban de él en primera persona como un caso de exclusión social grave. EL embudo con él había fallado , durante mucho tiempo no le había llegado nada. Ni trabajar un par de meses para el Ayuntamiento como muchas personas en su situación. Dejándolo solo  dependiente de unas ayudas sociales  miserables e intermitentes, y el trabajo fatigoso en  unas huertas improductivas por falta de agua. Por eso iban a manifestarse un grupo de personas ante el Ayuntamiento, tejiendo lazos de hermandad y solidaridad contra la exclusión social ejemplificada en su caso, al ser el único que denunciaba esta situación.

¿ pero cuántos más abrían como él que silenciaban y consentían? Tan podrido estaba todo que dejaban a la gente con el agua al cuello mientras cantaban las chicharras.

Angelillo de Uixó. Paz y bien.

 
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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