Las devoluciones en caliente de Mister Lawrence.

Posted: April 8, 2016 in distopías, Uncategorized
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Las devoluciones en caliente de Mister Lawrence.

 

Nada más abandonar de la última parada de metro y buscar un taxi para llegar al campamento de refugiados de Idomeni  sentí un profundo asco de la misión que me había encomendado la reina de Inglaterra al contemplar  a menos de cincuenta metros de la puerta de Idomeni  lo que era ese lugar. Bajaba  un  viento helado del monte  Olimpo que hacía bailar en corros enloquecidos  densos copos de nieve que caían sobre  los toldos grises de las tiendas de campaña y las ollas de comida. El suelo era la propia tierra que formaba una masa grisácea y sucia con alguna lombriz que salía del suelo encharcado a respirar. Se formaban    charcos con un dedo de hielo que se fracturaban con las frenéticas pisadas de los refugiados. Las voces humanas de los refugiados, sobre todo la de los recién nacidos   se mezclaban con la del ganado de ovejas que ramoneaba  fuera de las alambradas , en libertad, en un inmenso valle lleno de cipreses, pinos,  carrascas, arbustos de bonji, romero, laureles, rogles de tomillo con sus diminutas hojas moradas o blancas inmensamente odoríficas , ajedrea, te silvestre….

Los guardianes que custodiaban la puerta, apoyados indecorosamente sobre una especie de murete  observaron mi pase   y me dejaron entrar por un pasillo entre alambradas con el suelo empisado  formado de palet como los que acostumbran aponer en las playas de España para que los turistas no se quemen con la arena caliente. En este caso, protegía débilmente del barro ya que en algunos tramos el fango se había tragado el palet casi completamente y la suela de los  zapatos se hundían. Mi pie notó la terrible humedad de ese lugar mientras pasaba entre una larga fila de refugiados paralela a mí al otro lado de la alambrada. Los tenía a menos de dos metros de distancia de la que yo estaba. Eran dirigidos  a estacazos por sus guardianes a una barraca del departamento de repatriaciones forzadas. Me detuve cuando ya estaba a punto de llegar a esa barraca un segundo a contemplar cómo un par de funcionarios, cosida en la chaqueta la insignia de Bulgaria  bajo la Europea,   sobornaban  sin pudor  en la puerta de la barraca delante de todo el mundo a un pobre  viejo para que les diera un colgante de oro no más grande que un pulgar del dedo que representaba la lámpara mágica de Aladino.

Los agente Búlgaros me miraron con desconfianza cuando me dirigí a ellos.

¿Dónde está la superintendencia? Pregunté con frialdad.

Sonriendo y dejando ver dos dientes de oro entre los huecos de una boca ennegrecida  como una cueva que le daban un aspecto siniestro, uno de los funcionarios  búlgaros me indicó la dirección.

Detrás de esa barraca rodeado de tiendas de campaña y protegido por una empalizada se alzaba un pequeño templo rodeado de andamios de la reforma que se estaba efectuando. Había sido cedido por el gobierno griego a los funcionarios de deportación Europa.

Varios albañiles estaban  colocando un rotulo fosforescente  de comunidad europea sobre  unos  frisos del siglo V antes de Cristo que representaban al Dios Helios tirando de su carro.

A una estatua de Apolo al que se dedicaba el templo, cuyo tamaño no sería menor de tres metros de altura donde se presentaba al Dios con una lanza, los funcionarios Europeos le habían colocado en la punta de la lanza la bandera Europea, y como estaba desnudo los Alemanes luteranos aprovecharon para ponerle  un pantalón tirolés, su típico gorro con pluma de faisán y un pequeño bigotito negro sobre  los labios de Apolo.

Al subir los peldaños del templo  contemplé la belleza de los capiteles de orden dórico. La puerta automática de cristal blindado se abrió cuando coloqué la tarjeta que me habían dado y marque el pin que se indicaba en la parte superior de la banda magnetita.

En el salón del templo unos nutridos grupos de funcionarios jugaban al billar, otros estaban alegremente conversando en amplios sillones. Mi presencia hizo enmudecer a todos que me observaron.

Un hombre bajito, gordo y con barba con aspecto albanés, aunque luego supe que era Bosnio, fue el primero en presentarse. Estaba en la barra que había en un rincón del templo, se acercó a mí con una taza de té. Debió sospechar que yo era el representante de la delegación inglesa que se esperaba para ese día.  Mis ojos azules, el paraguas que sujetaba y el sombrero de tipo bombín que cubrían  mis cabellos finos y rubios que llegaban hasta mis cejas con un flequillo tipo Beatles, así como mi figura de gentelman, hizo el resto para que adivinara quien era

Mister Lawrence, ¿verdad?- preguntó asertivo.

Si-  respondí de forma seca.

Como si fuera adivino me invitó a té.

¿ Un té?

Por favor- antes de responder ya tenía en té en mis manos. Me encontraba delante de todo el mundo  que seguía atentamente que hacía. Observaban  como de pie, sin perder la postura, apoyaba el paraguas en la punta de mi zapato y mi cadera mientras  movía lentamente el te, pero venía lo más difícil y más ingles. Debía por educación dejar el sombrero sin moverme. La parcha estaba a unos doces pies de distancia. Calculé el tiro, y como si fuera un disco lancé mi sombrero que dio vueltas sobre la cabeza de la delegación Portuguesa  y se quedó perfectamente quieto en su sitio.

Una vez hecho esto todo el mundo prosiguió hablando sin prestarme atención.

Yo iba con mi té sorbiendo, y pude escuchar las palabras de un funcionario Español y otro Polaco que en sus sillones respectivos  comentaban los libros que estaban leyendo. Cosa que me extrañó sobre todo del español, pues en ingleteara se cuenta que los funcionarios españoles no saben leer.

Le decía  con la Odisea de Homero emocionado el Español al Polaco que leía la biblia.

 

Conmovedor, conmovedor.

 

EL Polaco, como un erudito  le decía que sí , que era un gran libro la Odisea, y le hablaba de Jesús y lo bueno que era ese hombre, y que ojala hubiera más como él, pero que cada  día era más difícil encontrar alguien así.

ÉL español afirmaba.

Muy cierto, cierto.

Me detuve a mirar una de las paredes del fondo donde había unos mosaicos decorados  del siglo V antes de Cristo donde se representaba unos delfines rojos navegando junto unas barcas y la bienvenida que recibían los viajeros cuando llegaban.

Entonces una voz suave me llamó y me sacó de mi contemplación.

¿ Mister Lawrence?

Me giré y vi a tres hombres vestidos en albornoz que acaban de salir de la piscina termal que había  detrás de esa pared a la que se accedía  por una puerta lateral que llevaba a otros departamentos, como la sauna.

EL hombre que me había llamado le dijo a sus compañeros:

Discúlpenme , debo  hablar con Mister Lawrence, ¿ nos vemos a la hora de comer?

Los dos hombres haciendo un ademán afirmativo se alejaron caminando pesadamente  hacia la mesa de billar.

EL hombre del albornoz pasó su mano gorda, húmeda y fría sobre mi cuello en un gesto de amistad, y me condujo  hacia su despacho.

Entre la mampostería del sobrio  templo sin apenas decoración sobresalía  una pequeña bandera de Europa entre dos plumas estilográficas  sobre una mesa de mármol donde había un ordenador, dosieres , material de oficina.

Se sentó en su silla y me indicó que hiciera lo mismo.

Presentí que era el intendente jefe, el encargado de coordinar los equipos de repatriaciones.

Una vez se identificó como tal me pidió mis acreditaciones que le entregue de inmediato.

Las miró de forma superficial haciendo gesto de que estaba todo correcto.

Luego su rostro cambió.

EL gesto de amabilidad se truncó en preocupación. Junto las manos como si rezara hundiendo sus codos en la mesa. Su tono de voz se hizo grave. Era un hombre acostumbrado tanto a la buena vida, como a los interrogatorios. Clavó  sus dos ojos grises sobre los míos como queriendo saber lo más oculto de mi ser y si era un tipo adecuado para la misión.

Le seré franco Mister Lawrence- tras unos segundo de silencio se decidió a hablarme con sinceridad- esta misión que nos ha traído aquí no es para valientes, ni para llenarse de gloria. Pero aquí tenemos una batalla que debemos ganar y para ello se necesitan corazones duros que no se deshagan en lágrimas ante las suplicas.

¿ Cree usted Mister Lawrence que podrá expulsar a una mujer cuyo marido ha muerto a manos de un grupo terrorista contra los que estamos en guerra, su hijo ha sido torturado por un régimen contra el que también estamos en guerra y después de torturado lo han llevado a su casa para matarlo delante de su madre, y ella ha sido violada reiteradamente sujetando en sus brazos un bebe, que para salvarlo ha tenido que huir de su país llegando a cruzar  el mar mediterráneo en un temporal, y  una vez ha llegado a Europa ha caminado cientos de kilómetros con su bebe y que en este campamento donde ha sido confinada  se lo hemos perdido, y no solo eso, si no que ahora la vamos a devolver de nuevo a la guerra?

¿ Cree usted Mister Lawrence que podrá firmar un expediente así y otros similares sin derramar una lágrima, sin que por la noches escuche las suplicas de esa mujer, junto a voces de niños?

Mientras lloraba y sentía arcadas ante el rostro  sonrosado del intendente, recordaba el motivo de estar aquí. Mi piso en Manchester. ¿ en que momento perdí el rumbo de mi vida y me hipotequé?

Si, si, podré soportarlo, le respondí mientras me daba una bolsa para que vomitara.

Ya se acostumbrará mister Lawrence- me respondió levantándose el intendente   y dándome una palmaditas en la espalda de bienvenida.

Angelillo de Uixó.
Las devoluciones en caliente de Mister Lawrence. byÁngel Blasco iménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra enangelillo201.wordpress.com.

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