La panadería venganza moruna.

Posted: November 23, 2015 in relatos, Vall d'uixó
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La panadería venganza moruna.

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Vicenta se dirigió desde el barrio proletario de calles rectas  de texas , a la casa de Silvestres con paso firme y decidido. Atravesó calzada con zuecos blancos desde la avenida suroeste aventurándose en los callejones serpenteantes y oscuros del Roser interrumpidos súbitamente por escaleras que le obligaban a subir o bajar una calle empinada cambiando de barrio al llegar ante centenaria plaza con una fuente u ornamento de piedra recordando algún ilustre nombre de la patria que nadie sabia quien era .
Su marido, Jacinto, había estado en la cámara de comercio de vall d´Uixó el día anterior en una revisión de su cartilla de desempleado para que le examinaran el curriculum, y ayudarle así a encontrar empleo. Encontró varias faltas de ortografía el funcionario que se encargaba de ayudarle a encontrarle empleo. Cosa que acepto Jacinto sin rechistar.
¿ ha sido usted pandero, verdad?- le preguntó con súbito interés.
En el termino de Cortes de Arenoso hace 20 años- Jacinto con acento Aragonés respondió con orgullo y un recuerdo feliz de sus primeros años de prometedor trabajo. Entró a trabajar cuando tenía catorce años. Así estuvo hasta los 21 cuando fue a la mili. Al volver es cuando conoció a Vicenta en las fiestas de Fuente la Reina, y tras un noviazgo rápido decidieron irse de allí buscando un mejor futuro que nunca llegó.
El funcionario vio en él un hombre de provecho, fuerte, humilde y trabajador. Se inclinó sobre la mesa, agobiado  por el número de desempleados de vall d´uixó, y la falta de voluntad y emprendimiento entre la clase trabajadora. Don Antonio, funcionario de méritos en una oposición, tenía vocación de magisterio. Conocía las tierras de vall d´uixó. La pereza moruna de estas gentes de las que solo podía sacarlos un fascista como el empresario Segarra a través de la subordinación, la exclusión social, el ostracismo, el prejuicio. Había que mandar, mandar como un califa o un general Franco convirtiéndose en un padre severo que se hace respetar por esa pandilla de holgazanes rumiadores de cuentos y leyenda moras, cuyo anhelo intimo es vivir como un jeque a costa de sus mujeres que lo soportan todo como animales de labor, y con las que el jeque,  al volver de la fábrica se desahoga ante los infortunios de la vida a la que están arrojados. Todo es pobreza y miseria en este lugar- se repetía todos los días Don Antonio como un mantra cuando se colocaba los calzones largos y arrojaba el caldo del orinal por el bater antes de ir a la cámara de comercio. Al pasar por la Ollería, caminando sobre lo que fue un risueño riachuelo que seguía sonando en su  triste cabeza pese a estar extinguido bajo el asfalto. Entonces desaguaba en la balsa de la Asunción, convertida hoy en colegido publico, y sus huertas, convertidas en viviendas. A su espalda quedaban las montañas secas, y el castillo moro que se difuminaba cuando el sol lo iluminaba con un crisol salpicón y atolondrado de colores que al chocar con las paredes erosionadas reflectaba muros amarillos agrietados, confundidos con  rocas rojas y plateados ribazos, pareciendo el castillo creación de la naturaleza.
Don Antonio se sentaba y atendía a sus obligaciones. Solía mostrar hostilidad a muchos desempleados al destetar el carácter de la canalla del bar que traían algunos. Cuando veía nobleza y aristocracia en algún trabajador, quería poner en práctica sus buenas ideas renovadoras de una España en cimiento. Jacinto era un ladrillo con el que construir un nuevo país parecido a Estados Unidos, y sino se podía llegar tan lejos, se les podía morder en los talones a los Alemanes y a los Rusos.
¿ Ha pensado usted ser emprendedor?- le preguntó Don Antonio a Jacinto tras observar su curriculum mirando con interés en sus gesto a través de sus cristales ahumados, pues en su afán por saber, Don Antonio había cursado 1 y 2 de psicología en la universidad a distancia, dejándolo por falta de tiempo.
Jacinto, negó con la cabeza como si esa palabra le doliera como una pedrada.
Don Antonio sabía que otras personas de clase trabajadora tenían la misma reacción de hostilidad hacia la palabra emprendimiento. Era cuestión de presentar la cosas de forma agradable.
Le seré sincero- comentó grave Don Antonio en su papel de estadista y militante de ciudadanos- la situación es caótica. Hay hambre, miseria, exclusión social. mire ( mostró un cheque que sacó del cajón de los servicios sociales para que se diera cuenta de que no hablaba en broma) cuando a estos desgraciados se les acaba el paro, para que no maten ni roben el ayuntamiento les da 120 euros para pasar el mes.
Jacinto examinó el cheque y exclamó horrorizado:
! Pero se morirán de hambre con esta calderilla!
Antonio asistió con la cabeza y dijo un número.
Al noveno, al noveno día se quedan sin un euro y convertidos en una mierda.
Luego sonrió a Jacinto, y su rostro de Ciudadano empezó a cambiar. La fisonomía muscular de su cara le transformó completamente. Mostró ante Jacinto una amplia sonrisa levantando su bigote gris espeso hasta las fosas nasales dejando ver unas largas hileras de dientes amarillentos mientras surgía de ellos una sonora y castañeante risa psicótica que rugía en la cámara de comercio de vall d´uixó.
El corazón de Jacinto se aceleró.
Don Antonio sintió que era el momento adecuado para la negociación.
Don Antonio, encargado de la sección de emprendimiento sabía convencer y divulgar este concepto. Le abrió un dossier a Jacinto donde se mostraba la panadería de la avenida suroeste con información geoestretégica de la zona. Sin duda le podía interesar arrendar ese negocio ya montado.
Traspasan esta panadería, el propietario nos ha dejado aquí información, y como pertenece a la red de empresarios de la vall y de amigos de comercios del municipio, como socio nos ha pedido que le ayudemos en el traspaso.
El negocio de esa panadería es prospero señor Jacinto. Además, tendrá la ayuda de este ayuntamiento. Nosotros mismo le asesoraremos como a Don Silvestre para ayudarle a que sea más rentable el negocio. Tenemos innovadoras ideas. Son tiempos de oportunidades en Vall d´Uixó, un lugar nuevo.
Cuando iba a proseguir, Jacinto le interrumpió con la cabeza llena de confusión, como hombre sencillo que no se fía de las grandes ideas, sobre todo si son novedosas.
¿ qué pasó?- ( preguntó más interesados por detalles anecdóticos)
Don Antonio retrocedió tocando su espalda con el respaldo de su sillón, y miró confuso a un pequeño cactus que vivía sobre el ordenador de su despacho.
No tenía claro que responder. Silvestre no le aclaró muy bien las causas, habló muy afectado, temeroso, el día que anunció a la cámara de comercio con voz entrecortada que la nueva empleada  se había quedado en Mallorca en un viaje en las vacaciones. Luego añadió que estaba cansado del mundo, un mundo lleno de traidores y de estafadores, y que había que volver a instaurar las antiguas tradiciones paternalistas.
Luego salió dejando con la boca abierta a Don Antonio que no se esperaba el cese de la panadería de Don Silvestre.
Jacinto esperó una respuesta que se hacia larga. Antonio volvió en sí. Su semblante se contrajo, pasó su mano derecha por el bigote que rascó cayendo algo de caspa que sopló. Para tranquilizar a Silvestre le dio la siguiente explicación con un tono de misterio oriental:
Algo paso con el servicio.
Vaya- respondió atónito Jacinto que observó con buenos ojos las fotos de la panadería.
ÉL como propietario de un negocio.
Tengo que decírselo a Vicenta, mi señora, si ella dice si, todo arreglado.
Ambos hombres se dieron la mano.

Señor Silvestre, nosotros nos haremos cargo de negocio. Mi marido y yo hemos trabajado en panaderías, conocemos el oficio.
Vicenta acaba de pasar al comedor de los Silvestre para hablar del traspaso. El comedor: amplio, limpio, luminoso hcia el este. Con fotos de la virgen de los desamparados sobre el viejo televisor junto a un toro bravo de peluche con banderillas con los colores de bandera de España, y la señera valenciana. Presidiendo la mesa plantada en el centro de la instancia donde se reunía la familia, las fotos de la boda de ellos hacia 25 años, y la comunión de Elvirita, su hija que estudiaba filología inglesa y estaba en Canada. Todas las fotos en marco de plata.
Don Silvestre les dijo el precio por el alquiler. El acuerdo siendo razonable se cerro.
EL 15 de septiembre abrió sus puertas de metal la panadería chirriando como siempre, plegándose como un abanico de nuevo la puerta de metal. Nuevas manos la abrían.  Ese día invitaron a café y pastas a todo el mundo. Los antiguos clientes volvieron atestando el local a ver quien se lo había quedado.  Hubo curiosidad de gente sencilla. Incluso Raquel, la antigua empleada acudió como si todo se hubiera perdonado  ya. Ellos eran gente humilde y buena que luchaba contra un empresario parecido a un judío. Vencido Silvestre, el malo, quedaba todo resuelto. Pero el local seguía siendo de Silvestre, que ahora era arrendador y ganaría dinero sin trabajar. Además, Raquel seguía sin trabajo, y sufriendo por el despido, verla allí con su precioso pelo recogido, sentada habiendo sido el alma de esa panadería, impresionaba.

¿ Qué sería de ella? se preguntaban muchos. Las viejas y limpias estanterías eran las de siempre, la caja registradora, la caja que durante tantos años abrió Raquel ,que ahora estaba seria y la vez alegre, sin que nadie supiera lo que pensaba, y a la que iban suspicaces miradas de las antiguas clientas intentando adivinar que pensaba, era una señal de que no era lo mismo siendo todo igual. En la inauguración vieron y escucharon que tras el mostrador  habían unas personas que no hablaban valenciano, ni nadie conocía. Eran de las tierras fronterizas de Aragón. Bajados escapando de la miseria de esos lugares a un pueblo industrial. Durante años la floreciente industria del zapato de Vall d´Uixó asombró a la gente inmigrante  con sus tuberías de amianto a lo largo del río Belcaire escupiendo agua amarilla repleta de espuma hepática con olor a carne podrida que se filtraba en el cauce seco, hasta las lluvias torrenciales que arrastraban como un vomito haciendo flotar la basura acumulada: cañas, ramas, pieles , plásticos; que revoloteaban juguetones entre oleadas turbulentas de espumas químicas hasta mezclarse con la espuma de nata de las crestas de las olas azules y frescas que morían en moncofar donde también desaguaban paralelas al Belcaire, las aguas verdes de acequias que alimentaban los fértiles campos de la vega.
Al día siguiente, Vicenta, con su delantal blanco junto a su marido abrieron con ilusión de que se llenara como el día anterior. Incluso colocaron flores rojas y amarillas  que recogieron de la orilla del Belcaire a su San Pascual, imagen que colocaron con cariño en el mostrador.
A las nueve Vicenta le dio ánimos a su marido.
Es pronto todavía.
Nadie entraba.
El segundo día fue un desastre.
El tercero se ánimo más.

Entró Teresa, erguida, con el moño bien puesto,seguida de Sandra con su cabeza encorvada, mirando al suelo por si encontraba un céntimo. Pascuala entró poco después. Saludo tímida sin saber donde sentarse, hasta que la virtuosa de Teresa la llamó:
Pascuala, siéntate con nosotras.
Esta dócil obedeció.
¿ qué les sirvo?
Con una amplia sonrisa de alguien que llevaba horas despierta les atendió Vicenta mientras Jacinto como un jeque leía el periódico.
Yo unas patas con café con leche. Exclamo autoritaria Teresa, y para Sandra una coca con tomate y café (añadió)
Sandra mirando unas ensaimadas tuvo un alarde de voluntad.
Prefiero unas ensaimadas.
Teresa la corrigió:
¿ Desde cuando comes ensaimadas? ( con asombro añadió) antes no lo hacías.
Sandra tímida, confusa, mirando el brillo del hojaldre de las ensaimadas.
Es que estás parecen diferentes, vull tastarles.
Bueno- dijo Teresa con amargura.
Pascuala no sabia que decir hasta que Teresa le aconsejó:
Antes, cuando Raquel la tarta manzana estaba muy buena.
Esas palabras molestaron a Vicenta que silencio.
Pascuala eligió tarta de manzana.
Jacinto observó la cara de asco que hacia Teresa ante sus pastas.
Tomaron el café con prisas, dando a entender que querían irse. Teresa no quiso terminarse las pastas y Vicenta angustiada le preguntó:
¿ es que no le gustan?

Teresa por fingir ser educada con una sonrisa falsa y tocándole la mano le dijo con dulzura levantándose victoriosa de la silla:
Las terminare en casa, dame un papel para envolverlas:
Vicenta envolvió las pastas medio mordidas en un papel y volvió al lado de su marido que la abrazó mientras sus ojos se llenaron de humedad cuando salieron, estaba apunto de romper a llorar.
No te ha dicho que no le gusten- intentó consolarla Jacinto.
Al día siguiente el rumor se escampó. Sandra y Teresa detuvieron a Rosita que iba a comprar el pan. el pan de la nueva panadería no valía nada, el café menos.
Vicenta y Jacinto veían pasar a la gente mirando con disimulo, y riendo de ver el local vació.
Parece que disfruten de que no entre gente y nos arruinemos- solía decir desesperada Vicenta viendo su inversión perdida sin saber el por qué.
Entró Angustias, vecina del bloque donde estaba la planta baja de la panadería. Ella conocía a la gente del lugar, y desde que abrieron solía tomar café a eso de las doce del mediodía ya que estaba desempleada. Luego compraba el pan y ya no salía de casa en todo el día. Había escuchado lo que pasaba y quería que les fuera bien.
Fila meua, ( aconsejo a Vicenta con cariño) cambia el café y pide el pan a otro despacho, y ganaras mucho, a la gente no le gusta. Aquí la gente es así, hay que hacer las cosas a su capricho, muchas veces no tiene que ver con el gusto. Es conforme lo vean. ( con ademan de confesión) he sido cocinera. A veces a una tarta asquerosa le pones una naranja de metal sobre la nata, y les metes dentro un Cristo de acero como sorpresa con el que se rompen los dientes, y estas bestias piensan que eres la mejor cocinera del mundo. Realmente estos paladares viene de comer garrofas, y de pasar calamidades, penurias, insultos, humillaciones en los almacenes de naranjas o cuando estaba la fábrica en Segarra. Allí comían entre pieles apestosas casi todas ellas y ahora es peor aun, en sus casas no tiene ni para comer, ven a sus hijos y sus maridos sin empleo y sale la barbarie. No son malas gentes, solo que viven como animales. Nadie se preocupa por sacar a la gente de estas condiciones de vida y cada vez va a ser peor.
Vicenta cambio de distribuidora de pan y de café.
En vano, seguía estando malo según la gente, no era como el de antes.
Acudió a Silvestre para que les bajara el alquiler al segundo mes.
Fue en vano, Silvestre quería recuperar lo perdido con Raquel. Ellos podía aguantar, sin embargo, él, Silvestre, debía pagar los costes de un juicio elevadísimo. La panadería era buena, si ellos no la querían vendrían otros necesitados.
Vicenta y Jacinto abrían todos los días a la misma hora con endereza, esperando que cambiara algo.
Pero veían las mismas caras. Algunas les sonreían con malicia, o entraban para quejarse al hacer la compra, o simplemente a ver que el negocio era una ruina:
María ,madre de Conchín entró un día extraño, llovía. Lo hizo con el paraguas como si se refugiara de la tormenta ,y con disimulo pidiendo un café la llamó cuando lo preparaba:
¿Le puedo hacer una pregunta?
Vicenta sintió una punzada por el tono de voz, y acostumbrada a decir que si fuera asintió amable:
Me han dicho en el bar las Encinas qué vais a cerrar, es por mi hija Conchín que pregunto, hace años que no trabaja. Quizás ella pueda levantar el negocio. ¿ Es muy caro el alquiler?
Vicenta asombrada de que supieran que iban a cerrar pues no se lo había dicho a nadie miró a Jacinto irónica.
SI quiere le doy la tarjeta con el número de Silvestre el dueño, y habla usted con él. Cerramos la semana que viene.
Gracias- con alegría cogió María la tarjeta con humildad pensando en su hija, casi con ganas de besar a Vicenta. Poco después entró Macario, un desempleado de cincuenta años que bajaba de las casetas de San Antonio echando pestes y con una fuerte impresión que quería desahogar. Era ajeno al drama de la panadería. La panadería estaba vacía de clientes. Solo estaba Vicenta y Jacinto agotados. Acaba de dejar de llover y el suelo de la acera estaba repleto de charcos plateados cuando se sentó absorto en un rincón y pidió una cerveza con la cabeza perdida. Sus vecinos, mala gente, canalla chulesca que le tenían como un idiota porqué no les plantaba cara le habían talado un algarrobo para quemar en sus chimeneas ahora que venía el frío. Lo plantó hacía más de 30 años, cuando compró un terreno donde sembraba hortalizas alrededor de ese algarrobo. Año si año no sus vecinos por hacerle mala sangre y disfrutar con su sufrimiento y sumisión, le destrozaban la siembra. El entonces empezaba un ritual de chillidos y quejas del afectado que les divertía, porque Macario era inofensivo.

Fill de putes, lladres, – les gritaba lleno de rabia e impotencia.

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Dos semanas después, una tarde de noviembre, acudió Silvestre  con las luces del atardecer, la hora en la que regresaban algunos trabajadores a casa cansados de coger naranjas. La puerta chirrió como si se lamentara al cerrarse.

Aquí están las lleves señor Silvestre- se las entrego Jacinto.
Jacinto y Vicenta de la mano regresaron por el margen del Belcaire seco, en silencio hacia texas.
Fin.

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Angelillo de Uixó.

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