La panadería venganza moruna.

Posted: November 20, 2015 in capitalismo
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La panadería, venganza moruna.

 

En los siguientes días al despido de Raquel, la nueva empleada, Lolita, abría la panadería con el mismo estrépito de persianas de metal rompiendo como una saeta el silencio de la madrugada de la avenida suroeste igual que lo hiciera Raquel. Silvestre aparecía a la misma hora con su furgoneta sacando la cabeza redonda entre los basquets de pan abrazados con sus rechonchos brazos cortos dejando apiladas las mercancías junto las estanterías.
EL silencio reinaba entre ellos, era un silencio de dos desconocidos en medio de una situación extraña.
Tras dejar el pan, pensativo salía Silvestre entre los primeros rayos del amanecer que iluminaba las cumbres de las montañas secas de Vall d ‘uixó abandonadas al trabajo, repletas las laderas de troncos de algarrobos moribundos entre los ribazos donde se amontonaba todo tipo de matorrales en bancales sedientos, convertidos en una escombrera entre las que rumiaba de perfil de algunas de las casetuchas por construir o por derribar de San Antonio, y sobre este chabolismo caótico: la humilde ermita  de san Antonio con su techo inclinado como la cabeza d eun buey manso, su fachada blanca rematada con una cruz de metal torcida, casi anticristiana,  y bajo ella, su pequeña campana. Silvestre invadido por el frescor optimista de la mañana tranquila y despejada al meterse de nuevo en la furgoneta para proseguir el reparto. Creía que todo pasaría rápido, que la gente olvidaría lo de Raquel y todo volvería a la normalidad.
Lolita se colocaba tras el mostrador con su delantal perfectamente blanco esperando con ilusión la entrada de clientes. Pero no se producía, dejándole una sensación de culpa.
Cada dos o tres horas atendía a algún cliente extraviado de otros barrios que pedía una empanadilla, o algo similar. Miraba algo confuso y turbado las sillas vacías sin atreverse por educación a preguntar.

Lolita miraba por la ventana de la panadería con la mirada extraviada viendo pasar a gente del barrio paseando al perro. Gente que antes entraba, y ahora se quedaban merodeando observando quien entraba y quien salia.
No había ningún tipo de amenazas para el cliente de toda la vida que entraba a comprar el pan. Pero sus vecinos, que estaban en la calle paseando  el perro, o  hablando en los portales de las grandes finca de siete plantas de altura de la avenida suroeste, la más alta de vall d’Uixó, miraban al traidor que salia de la panadería de tal manera, que cuando se metía en el portal con el pan, sentía haber cometido una traición hacia la pobre Raquel. Ésta , después del despido se había encerrado en casa como un animal herido y durante días apaenas salía, como si cumpliera un dolo muy intenso.
Silvestre recogía todos los días por las tardes los basquet de pan casi llenos. Ahora miraba la recaudación de la caja. Era escasa, misera, apenas cubría los gastos del sueldo de la nueva empleada. Y eso que era miserable el sueldo que le pagaba a Lolita.
Lo veía claro, se habían puesto de acuerdo para arruinarle el negocio los vecinos. Silvestre era vall d’uixó, y sabía cómo era el pueblo cuando le ponen la cruz a alguien. ¿ pero a él?  a uno de los suyos.
¿Qué mal había hecho él? ¿ Por qué esas gentes humildes, que siempre apoyaban al empresario, conspiraban para hacerle daño ?
Él , Silvestre, solo era un pobre empresario sin fortuna en el mundo empresarial. Uno de esos empresarios que está obligado a trabajar, a levantarse cada mañana a las cuatro de la madrugada y no volver a casa hasta el anochecer. así día a día,  para sacar adelante tres panaderías. Fue la cámara de comercio de castellón la culpable de todo ( pensaba con rabia de hombre engañado por las instituciones,) junto con el ayuntamiento de vall d’Uixó. En unas jornadas de emprendimiento a las que le invitaron a acudir junto otros empresarios de vall d”uixó. Allí le convencieron que tenía a su disposición un amplio abanico de posibilidades de despido y recontratación de nuevos empleados por la mitad de sueldo. Le ofrecieron ventajas increíbles. Aquello era un chollo: discapacitados mentales, tullidos, enanos, delincuentes que acaban de salir de la cárcel y no cobraban por trabajar a cambio de reintegrarse en la sociedad.
Finalmente Silvestre después de pensar en lo que se iba ahorrar si despedía a Raquel, y teniendo miedo siendo una persona conservadora, al igual que su clientela, de lo que pudiera pasar,  o lo que pudieran decir de él  si metía una partida de mongólicos en la panadería ,  opto  por una modalidad  más moderada y tradicional, menos innovadora: universitarios sin beca y con necesidades económicas. Así apareció  Lolita que estaba inscrita en la bolsa de la universidad como demandante de empleo en la categoría de Auxilio. La cámara de comercio tenía un acuerdo con la facultad donde Lolita estudiaba filología inglesa. Al acabar la reunión los empresarios de vall d”uixó fueron captando sus nuevos talentos para sus empresas.
¿ Cómo decírselo a Raquel? fue lo que pensó Silvestre inspirado por las nuevas ideas que acaba de conocer , pensando ya sin dudas en despedir a Raquel . Estuvo dándole vueltas como decírselo. Raquel era una trabajadora ejemplar, pero de la vieja escuela Europea: cara. Seguro que si le decía después de catorce años que debía trabajar por la mitad de sueldo, se negaría. Conocía su carácter, cuando Raquel se negaba, era como la gente humilde del pueblo que cree tener razón, no da  su brazo a torcer ni a palos. Durante toda esa noche Silvestre dio vueltas agitado  en la cama. Su mujer maruja, una señora  cincuentona, apática,  que cualquier gesto fuera de lo normal de su marido o sus hijos se desencajaba. Le preguntó varias veces sobresaltada:
silvestre ¿qué te pasa? Estás muy raro desde que has venido de la cámara de comercio.
Recollons, que me ha de pasar dona, los negocios han cambiado ¿ comprens? No podemos seguir así, hay que deshacerse de Raquel. Ya ha dado bastante leche.
Maruja asustada por  estas palabras se fue a rezar el rosario.

 

A las 10 de la mañana del día siguiente aparecieron para sorpresa de Raquel unos técnicos dedicados a la instalación de cámaras de vigilancia. Tenían la misión de instalar una cámara de filmación con grabadora para vigilar y escuchar a Raquel. Ésta llamó sobresalta de inmediato a Silvestre extrañada.
“Silvestre, hay unos técnicos de seguridad en la tienda que dicen que usted ha mandado que instalen unas cámaras de vigilancia detrás del mostrador”
-Si, es por tu seguridad Raquel- le contestó secó Silvestre, y colgó.

Durante varias semanas los gestos feos, las malas miradas, la cámara a la espalda de  Raquel siguiéndola,  fueron enturbiando la relación entre jefe y empleada. Raquel,  de voluntad firme y pensado sobre todo en su hipoteca,  y en la gente del barrio que acudía a la panadería y la apreciaban, tuvo fuerza moral para continuar. bajando con paciencia infinita todas las mañanas por las calles morunas del Roser entre vírgenes y santos hasta abrir sobresaltada por la presencia de Silvestre que le causaba estrés, la puerta de metal.
La clientela notaba algo de lo que pasaba.
Teresa, que siempre ocupaba la mesa a la izquierda de la puerta junto a un grupito de jubiladas, que a la misma hora acudían y tomaban  día tras día, años tras año lo mismo, café con pastas. Teresa, que   ejercía de lideresa al tener más virtudes que ninguna, siempre con gesto amable hacia Silvestre por ser  hombre,  y esto de por si era para cualquiera de ellas era una categoría de respeto.  Un día de los que solía frecuentar la panadería Silvestre ( cosa que después de la instalación de la cámara empezó a ser habitual) le preguntó sin tapujos   al comprobar que las cosas habían cambiado en la relación entre Raquel  y SIlvestre, y empezaba a comentarse entre las mesas, siempre pendiente de los cambios,  sobre todo si eran cambios no deseados que agriaban la pacifica convivencia en un lugar convulso y lleno de miseria laboral , con situaciones  para la gente humilde de ésta tierra que les era difícil de comprender: los inmigrantes, los discapacitados trabajando, causantes de las increíbles cifras de desempleo.
Silvestre ¿ por qué ha puesto la cámara?- le preguntó con rostro lleno de inocencia ingenua en el que no cabe  malicia, pues ésta gente sencilla no suele enjuiciar nunca las relacioens de empresario trabajador.
Silvestres le respondió sonriendo:
Por seguridad.
Ahh ¿ veis ? con ingenuidad animal  Teresa se volvió a  sus compañeras que dejaron por zanjada la discusión.
Ningún comentario de este tipo se volvió a dar hasta el día del despido. Según silvestre, producido por falta de interés en el trabajo por parte de Raquel. La cámara y sus visitas lo demostraban. Él lo había visto. Raquel ya no era la de  antes, ahora era un ser desconfiado ante el amo que quería que la panadería se arruinará para cobrar el despido de catorce años. Aquello no podía seguir así. Silvestre no se despertaba a las cuatro de la mañana y volvía a las nueve para que le arruinaran sus trabajadores.
Este motivo del cese se conoció no por Silvestre,  que evitaba tras el despido aparecer , más que lo imprescindible. Por evitar alguna pregunta molesta o mala cara de algún vecino. Así  dejaba el pan a lolita y volvía  por la noche. Fue cuando vieron días después de su despido a Raquel volviendo a su casa con  pan del mercadona bajo el brazo hablando sola,  llena de rabia  y con rostro de agraviada.  Como el de alguien herido no solo en su amor propio, sino en la confianza hacia el mundo,  y que quiere su lógica justicia cuando tiene toda la razón del mundo y se la deniega.
La noticia de lo que le hicieron a Raquel voló por el barrio, y lo hizo como una agravio, no contra Raquel,  sino contra todo ellos, ya cansados de no tener justicia, y por contra, padecer sus golpes y excesos, siendo tratados  por su condición social como mercancía barata por los empresarios, ayuntamientos, cámaras de comercio, policías, jueces  y otros proxenetas. Acabando los humildes, los miserables, por la codicia de esa casta vaga institucional   desamparados y sufriendo toda suerte de desgracias siendo personas trabajadoras. Raquel se recluyó en su casa, como si le hubieran despedido de la vida ante la imposibilidad de tener justicia.
No hubo ningún manifiesto de boicot al despacho de pan, nadie prohibía el paso a nadie al despacho de pan. Sin embargo, entre estas gentes divididas, acostumbradas a no ponerse de acuerdo, esto fue lo que ocurrió. Durante meses y meses nadie entraba en la panadería. Abría cada día Lolita, triste en cuanto a su futuro laboral, con la idea de irse de vall d’uixó, como la mayoría de gente joven. Silvestre  veía  como todos sus esfuerzo de años estaban siendo arruinados. Era la justicia del pueblo de vall uixó. Un pueblo de gente desunida, recelosa y envidiosa. Acostumbrada a coser espardeñas, a cortar piel,  a vivir en un ambiente que olía a carne muerta, y a procesión de domingo. seres subordinados y conservadores, gente tradicional, antihuelgas, que apoyaban al empresario, sobre todo  al pequeño, muchas veces el peor.
Pero la justicia no acabo allí.
Sino que la justicia, la que atenta contra los trabajadores, la que representan esos hombres vestidos de negro siempre cargados con papeles que buscan el mal de la gente honrada y trabajadora, también actuó. Y cosa muy extraña, casi increíble: dicto a favor de Raquel que denunció en un tribunal los hechos.
Angelillo de Uixó. continuará.

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Licencia de Creative Commons
La panadería: venganza moruna. by Ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com.

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