Nacido para desfilar el 12 de octubre.

Posted: October 12, 2015 in capitalismo
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Nacido para desfilar el 12 de octubre.

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elvis presley – in the ghetto

¿Seré el único  imbécil de mis compañeros?-

Este pensamiento me ha perseguido desde los 14 años. A esa edad, un día de octubre  yo  estaba sentado en una silla de colegio detrás de la puerta del despacho del  psicólogo que estaba reunido con mis padres. LA puerta de color  amarillo estaba entre abierta, no podía verlos, pero si  escucharles.

Mi padre, un verdadero gilipollas con barba cana y gafas a lo Quevedo seguramente estaría dando cabezos afirmativos a la voz del psicólogo que pedante y calmada les decía:

Los parámetros de su hijo en los tests de actitud e inteligencia dan plano dentro de la media más normal del mundo.

Mi padre le preguntó:

En cristiano ¿qué coño quiere decir doctor?

Mi madre una mujer piadosa y resignada que no solía contestar a mi padre,  susurró amable:

Por favor ángel.

Yo  estaba paralizado en la silla jugando con mi yoyo de forma impulsiva y escuchando desde la ventana al resto de mis compañeros. Me sentía diferente al resto. Era el único de 40 alumnos de mi clase  al que el psicólogo había mandado llamar a sus padres tras realizar unos tests,  y sospechaba que no sería por nada bueno. Me sentía terriblemente condenado. Mis rizos castaños caían sobre mi flequillo, me hacían cosquillas sobre la cejas pero estaba tan paralizado que no podía moverme, ni apenas respirar.

El doctor seguramente debió sonreír a mi padre que lo estaría mirando fijamente, como si  lo desafiara. Pude escuchar la respuesta del   psicólogo con su habitual indiferencia:

Su hijo es inútil sin futuro profesional.

Mi madre pegó un pequeño grito de angustia  y mi padre un puñetazo en la mesa:

Ya lo sabía.

Ángel por favor- por la voz de mi madre que me hizo llorar note como si tocara a mi padre cada vez más excitado que debió apartarla de su lado:

Un verdadero inútil.  He intentado  que  aprenda, que tenga interés en algo. Pero nada, mi hijo es un imbécil. No sirve para nada, acabará en la cárcel  o mendigando.

El psicólogo intervino con suavidad.

Bueno, bueno, hay una pequeña solución para que no acabe así. Un atajo, pero ustedes… deben ayudarle.

¿ Nos costará dinero? Escuche preguntar al pesetero de mi padre pensando en clases particulares.

No, no. Negó hipocritamente el psicólogo.

Noté en su voz  que debería estar sonriendo, luego se hizo un silencio antes del  cañonazo que daría inicio a la batalla donde yo era el objetivo a derribar.  Aumento la tensión atmosférica tanto dentro del despacho como fuera hasta que soltó la notica.

¿ Han pensado ingresar a su hijo en las fuerzas armadas?

Había dado de blanco en el pensamiento de mi padre.

Salió un momento después, y me miró con seriedad, luego su cara se fue transformando en una mueca siniestra de alegría, arrugó la frente, los ojillos tras las gafas se volvieron llorosos y parpadeantes, una tosecilla contenida borboteaba en la comisura de sus labios. Levanto la mirada al techo con la mirada en blanco  a punto de estallar de la risa cuando me tendió la mano volver a  casa, nunca había visto al cretino de mi padre tan feliz.

Al día siguiente a las seis de la mañana encendió la luz de la habitación. Entre abrí los ojos confuso y vi a mi viejo con un batín chino atado con un fajín con la bandera de  España y la orden de calatrava bordada sobre el bolsillo del pecho. En las manos llevaba un bidón de basura metálico  y el  mazo de mortero de picar ajos con el que empezó a hacer ruido cantando:

Quinto levanta tira de la manta.

A golpes me levanté.

Te voy a pasar revista hijo mío.

Empezó a inspeccionar la ropa que estaba sobre la silla tirándome a la cara.

Las botas las limpias. Los pantalones los planchas, los calzoncillos los lavas….

A golpes y en calzoncillo me llevó a la cocina.

Ya no había colacao , unas gachas repugnantes y pegajosas como el pegamento  de harina y mijo era mi dieta matutina.

Yo eso no me lo como- le dije con arcadas.

Su mano se posó sobre mi cabeza.  Mi nariz y mis labios quedaron hundidos  en las gachas que saltaron por las paredes de la cocina.

Tras vomitar y recibir  dos correazos me metí en mi cuarto para arreglar mi mochila del cole.

¿ Qué haces hijo?  Escuché a mi espalda la voz de mi padre que estaba en el marco de la puerta mientras yo estaba en un rincón de la habitación donde me tragaba las lágrimas temblando. mis manos  metían nerviosas  mis libros en la mochila.

Prepararme para ir a la escuela- respondí desconcertado dándome la vuelta  quedando frente a él.

Una pequeña sonrisita bajo la luz eléctrica le daban  un aspecto de autentico sádico. Me miró como si fuera idiota. Arreglándose el batín se sentó en mi cama, y me llamó.

Hijo ven.

Yo acudí temblando.

Ya no tienes que ir al cole, desde ayer oficialmente eres idiota. Dentro de dos años irás a la academia militar. Entre tanto… yo te educaré en casa.

Me dio un beso en la cabeza y se levantó.

Mama con paciencia estaba limpiando los grumos de gachas, cuando termino, entró en el cuarto y me trajo un vaso de colacao.

Por la tarde, después de trabajar  papa llegó con un pastor alemán de dos años que había sacado de la perrera. Yo no había salido en todo el día de mi habitación. Entro sin llamar con el perro.

Hijo, este perro es para entrenar y aprender como el a obedecer.

Todos los días después de que te pase revista, tu deber será hacer 10 kilómetros con él.

Tienes que venir al despacho donde trabajo y traerme el almuerzo.

Así pasaron dos años de mi vida: desde los 14 hasta los 16.

Al día siguiente de mi cumpleaños papa me obligó a llevar   a,  Rambo el pastor  alemán,  a la perrera donde lo matarían. Luego al volver a casa me metió en el viejo Ford. Salimos de valencia y nos metimos por la autopista. El paisaje de naranjos dio paso a un paisaje de viñeros, después trigales, que observaba sin interés. Llegamos a una zona restringida para militares, anunciadas por inmensas  hectáreas valladas  con alambres de espinos y colinas rocosas de fondo. En un desvió la carretera se volvía tortuoso hasta llegar a una barrera donde habían varios militares con metralletas y una garita.

Papa bajo la ventana del viejo Ford.

Vengo a entregar a mi hijo- Le dijo a un soldado que sin mucho interés se había acercado.

Papa le entrego unos papeles que observó el soldado  ordenando levantar la barrera.

Hicimos varios kilómetros hasta llegar a un cuartel repleto de barracones con un edificio  de hormigón central cerca del cual aparcó. Papa sacó el petate que me había metido del maletero y me lo pasó.

El reclutador,  un tipo vestido con uniforme verde y solapas blancas, delgado, no muy alto. Ya estaba avisado por el soldado cuando salió a recibirnos. Me lanzó una mirada de arriba abajo.

Acompáñenme- nos ordenó.

Nos llevó a  un pequeño despacho bastante claustrofóbico donde tomamos asiento y  sacó unos formularios.

Entró poco después por una puerta lateral, un hombre calvo, viejo, con grandes cejas blancas con bata blanca que me tocó el hombro.

Eh tú,  ven-  me ordenó.

El reclutador dijo – síguelo.

Pasamos al despacho de al lado.

Escuche como se reía mi padre y el reclutador.

Desnúdate- me ordeno  sacando un metro.

Empezó a medirme la cabeza, la cintura.

Aprieta esto- ordenó sacando nos muelles que medían mi fuerza.

¿Enfermedades?- me preguntó.

Ninguna- conteste.

Luego me hizo caminar en diferentes posiciones, me miro los oídos, me hizo subir a la mesa, me hizo dar vueltas de rodillas por la habitación.

Vístete- me ordeno mientras ponía el sello de : en la armada.

Volvimos a donde estaba mi padre y el reclutador que tomaban jerez y se contaban historias patrióticas.

Esta todo correcto- tendió el informe con sus dedos huesudos y total indiferencia el tipo de la bata blanca que despareció por la puerta lateral del despacho  tal y como entró de desganado.

Mi padre se levantó le tendió la mano al reclutador y me dijo a mí:

Deja el nombre de los Blasco bien alto hijo. Recuerda que vienes de la nobleza Aragonesa.

Si papa- fue lo último que le dije hace más de 20 años y la última vez que le vi.

Entro un sargento barrigón, con cara redonda y una gorra que no le cabía bien en su cabeza.

Sígueme.

Salimos hacia unos barracones prefabricados  alejados del resto. En la puerta había cuatro o cinco muchachos que también acaban de ser abandonados.

La puerta estaba cerrada.

Tu angelito- me dijo el sargento dirigiéndose a mi- eres el último.

Ahora vendrá el capitán para presentarse y os abrirá.

Así estuvimos varias horas hasta que llego un tipo con algo de  joroba con una gorra con dos estrellas. Era un teniente. Llegó  acompañado del mismo sargento.

El capitán no ha podido venir, pero me ha mandado deciros que bienvenido a la armada, aquí sabréis lo que es la camaradería, y el amor.

Empiece sargento.

El sargento se hinchó con voz de sapo bajo un cielo nublado que empezó a descarga agua.

A formar.

Todos formamos a nuestro modo  el sargento nos ordenó correr alrededor del barracón durante horas, hasta que apareció el capitán media noche y nos abrió.

12 meses después me gradué como alférez.

Estábamos a mitad de los años 90, y España estaba en una paz que nos era muy desagradable para  todos, especialmente para los oficiales que solían formarnos para darnos esperanza.

Tarde o temprano España entrará en guerra contra los musulmanes. No debemos perder la paciencia. Sé que muchos de ustedes, maestro de la muerte, nacidos para matar se sienten como nosotros, decepcionados por  la paz. Pero el mundo da muchas vueltas.

Venga a dar vueltas para desfilar.

Entre 1997 y mil 1999 no hice más que desfilar y aburrirme.

Nos hacía falta un enemigo. EL aburrimiento me hacía pensar. Sobre todo recordaba  ese maldito test de inteligencia, causa de estar donde estaba.

En 1999 mi destacamento fue el encargo de abrir el desfile de las fuerzas armadas del 12 de octubre. Lo haríamos ante la televisión y a pocos metros del rey.

Durante semanas estuvimos practicando el desfile sin cesar.

Por fin tenía una oportunidad de hacer algo que destacara en mi vida y contradijera ese test.

No se qué pasó ese día por mi cabeza, pero cuando estaba delante del rey  con mi uniforme de gala grité a pleno pulmón:

Viva la república.

Todo el mundo me miró con la boca abierta, el rey se estremeció. Las cámaras enfocaron mi cara. Yo estaba allí sonriendo con el sable delante de mi rostro todo gallardo pensando que aquello lo estaría viendo mi padre por la tele.

El desfile fue un desastre. Tras mis palabras hubo un gran silbido, mis compañeros perdieron el paso y tropezaban unos contra otros. EL rey se tuvo que ir presa de un ataque al corazón.

Mis tres palabras fueron  noticia durante días en presa y radio.

Mi cara estaba en todas las portadas de los medios de comunicación.

En el cuartel a falta de otro enemigo yo fui declarado el enemigo público del regimiento. Vivía como en guerra. Notaba como  querían matar.

Me dejaron totalmente  desarmado y apartado de funciones.

Cuando paseaba por el cuartel lo hacía seguido de dos policías militares. AL entrar a las duchas el resto salía corriendo llenos de vergüenza. En el comedor, al ir a sentarme en una mesa está quedaba despejada al instante huyendo el resto de camaradas  mi.

Lo que tenéis es envidia porqué he dicho lo que pensáis todos- en un ataque de rabia, en un intento desesperado de contraatacar  grite en medio de la cantina mientras unos compañeros  se iban de mi lado.

Se produjo un fuerte silencio. Después, del impacto de mis palabras, sufrí un ataque del que salí vivo gracias a que la policía militar me sacó de allí.

Esa tarde acabé  en un psiquiátrico militar.

Al cabo de dos semanas salí de allí. La verdad que algo más tranquilo.

Me mandaron al despacho del capitán.

Vengo hablar con el capitán, aquí tengo la orden- le entregué a un cabo la orden que observó.

Espere  en esa silla, está reunido- con una mala mirada sabiendo quién era me indico que esperará.

Me senté en una silla que me recordó la reunión de mis  padres con el psicólogo  en mi infancia.

La puerta estaba un poco abierta, y pude escuchar una voz, a parte de la del capitán, que me era familiar.

El soldado ángel es un  hipersensible, unos de  esos tipos que no saben donde están, un ser  lleno de contradicciones,  desde luego  no es lugar un cuartel para una persona así. Su lugar son las calles, un ateneo libertario  o un convento. Deben tramitar la baja de inmediato.

Esa voz- pensé- como me suena, ¿pero de qué? ¿Será…?

Por mi parte encantado de que se largue. Ha deshonrado todo el regimiento- respondió el capitán.

Con un impulso fuera de mí me levanté de la silla  y abrí la puerta.

El capitán y la persona con la que estaba  reunida me miraron asustados,  como si fuera a matarlos.

Con detenimiento observé junto al capitán  a un hombre que había pasado hacia poco de la edad media. Iba  vestido de paisano. Y llevaba una gran carpeta de atestados psicológicos. SU cabello  se había vuelto  gris, tenía más arrugas en la frente y bajo sus ojos castaños, pero era él, el psicólogo de mi colegió.

Al día siguiente acabe en la calle licenciado del ejército con deshonra, y sin derecho a ninguna paga.

Angelillo de Uixó.

Licencia de Creative Commons
Nacido para desfilar el 12 de octubre. by Ángel Blasco Giméenz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra enangelillo201.wordpress.com.
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