hundido en el carbón.

Posted: September 9, 2015 in capitalismo
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hundido en el carbón.

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Basado en hechos reales.

El tornillo ha dado una vuelta hacia atrás dentro del cerrojo y ha caído al suelo llevándose por delante la cerradura que con un sonoro clink trágico se desprende dentro del comedor  quedando la armadura de la cerradura a mis pies rendida. El vientecillo del otoño empuja la puerta quedando perpleja mi cara frente a la de mi vecino que me saluda.
Una hora después, medio monto este armatoste , no de una forma muy exacta, trato de averiguar porqué no va bien, pero no lo consigo. El caso es que está de tal modo puesto  que de un manotazo cualquiera podría abrir la dichosa puerta. No es la primera vez que me pasan estás cosas. Una vez tuve que tirar una moto después de intentar repararla. Así que me dirijo a buscar a un viejo cerrajero que me debe un par de favores.


Atravieso la puerta del bar medio día al que suele acudir, y mis ojos se hunden en valles desiertos, en voces tristes que miran vagamente la nada con una sonrisa maliciosa.
Aquello es una mina repleta de carbón, y yo busco a uno muy quemado, cuyo nombre es sinónimo de mil oficios, mil aventuras y sobre todo: mis fracasos personales.
Pregunto por Vicente al camarero, un tipo grande y calvo como una bola de billar con pinta de mongol y de tipo peligroso. Noto que lleva una tirita en la nariz de algún golpe.
Me responde que no tardara en llegar. Coloca un trapo grasiento sobre el hombro y me dice de forma brusca examinándome de arriba abajo como si supiera que soy un inútil y busco a Vicente porque no he conseguido arreglar el paño :
¿ quiere algo el caballero?

Un café con leche- respondo.
Unos tipos con la cara quemada del sol que están a mi lado atentos a lo que digo, se ríen de mi.

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Quería decir un whisky- corrijo , y el camarero me felicita.
Eso está mucho mejor amigo.
Deja el whisky en la barra y cruza los brazos como míster Proper.
Sin duda quiere ver como me lo bebo.
Así que me lo trago de un golpe y que quedo quieto, dentro de mi , mis entrañas arden y una bola de fuego sube por la garganta. Se que voy a toser pero debo controlarme por esos tipos, no se si es una cuestión de dignidad personal o que tengo miedo de los hombres. Los ojos me brillan y el tipo calvo sonríe. Una tosecilla empieza a brotar y al final acabo rendido y toso.
Todo ha terminado para mí. El camarero se va.


Entra al bar mi amigo Vicente con un hombre de media edad que brilla tanto como el resto de los que estamos allí: nada. El compañero de Vicente avanza vestido con chándal, blasfema derrotado con un papel en las manos muy nervioso.
Al verme Vicente me saluda, y me presenta a su amigo Torrente.
La oscuridad ciega tanto como la luz, escucho las palabras confusas y agitadas de Torrente y Vicente que hablan a la vez y olvido el asunto de mi paño.
Deja Torrente el misterioso papel en la barra que parece naufragar entre los whiskys que pedimos. Leo de reojo una sanción que parece más una reprimenda a su conducta: barrer la calle, regar las plantar del balcón, sacudidas de ropa desde el balcón.
Las acusaciones son bastante estúpidas, casi hilarantes y más en un pueblo donde el deporte local es reparar los coches en las aceras y dejarlas llenas de aceite, o tirar escombros o baterías de coches, camiones por laderas de montañas, pilas a las acequias y similares.

De repente experimento como si un pico en mi cabeza quisiera abrirse paso entre el carbón que me rodea y sacarlo a la luz para que brille.
¿ no cree que alguien, algún vecino, tenga algo contra usted?- le pregunto.
Claro que si, llevo años soportando a una vecina que me hace la vida imposible. Esta denuncia es cosa suya. Desde que compré la casa he sufrido en ese barrio el acoso vecinal de esa mujer. Dejando caer los brazos se explica.
Todo empezó porque le dije un día que tenía el coche mal aparcado y no podía salir. Vivimos en un callejón muy estrecho y yo tenía miedo de arañar su coche y meterme en problemas con el seguro. Ella en vez de quitar el coche empezó a insultarme y amenazarme. Yo llame a la policía local y le obligaron a quitar le coche. Cada vez que me veía desde entonces me insulta al igual que su marido. La denuncia seguro que es cosa suya.

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Entonces comprendí que el carbón no puede brillar, solo puede permanecer amontonado dispuesto a perecer en las llamas para dar energía.

Puedes volver a casa para hundirte con ella en la blandura del carbón, abraza la denuncia del ayuntamiento, ya que nos has querido aplastar su coche. He aquí tu verdadero crimen y el principio de tus problemas.

Tras decir estas palabras el camarero con aspecto de mongol me felicita y coloca un vaso de whisky delante de mi:
Invita la casa muchacho.
El hombre pliega vencido su denuncia y mira al resto de parroquianos humillado.

Yo me siento feliz porque he inscrito mi lenguaje en el corazón de otros hombres mientras mi casa está abierta.

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Angelillo de Uixó.

Licencia de Creative Commons
hundido en el carbón. by ángel Blasco giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com.

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