La caseta.

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Caía la tarde sobre el enjambre disperso entre las pordioseras casetas de vall d”Uixó donde el numen que habitaba éstas construcciones de treinta años: ligeras, ilegales, estivales, torpes, que rozaban el chabolismo y el ridículo tratando de imitar una arquitectura perdida de piedra seca en el monte y los chalets de los ricos en las grutas de San José. Con sus puertas de hojalata de saldo falsamente acogedoras. Puertas como estas gentes, de las que el valenciano siempre decía que uno no se podía fiar de pasar, aunque estuvieran abiertas mirando al mar. El mar  surgía en el horizonte como una plancha plana y brillante tras un laberinto de senderos serpenteantes de hormigón que destellaban entre los verdes naranjos. Al alcor del ocaso, entre los últimos cantos de las chicharras salían los hombres de estas casetas descamisados a las terrazas dando voces frenéticas, histéricas, animalescas, para revolotear en la terraza como moscas buscando como animales perezosos plegados a la voluntad de ese terreno pedregoso, inmóvil, duro, arisco, llamado a la quietud; un lugar donde seguir descansando una vez el sol se retiraba . A la misma hora llegaban de las pequeñas cuevas y oquedades que rodeaban el secano los murciélagos, cada vez más escasos. Aleteaban dispersos entre si, alrededor de las casetas en un vuelo muy bajo y vivaracho, danzando por el aire como borrachos ahítos de sangre entre los ultimo rayos del sol que se ocultaban tras las grutas de San José, dejando un lienzo dorado sobre un paisaje apagado de campos desnudos. Terrenos valdios, sepulcrales, carentes de vitalidad, secos. Donde el monumental algarrobo languidecía junto la aromática higuera que a esas horas exhalaba toda su fragancia, casi sexual , con sus frutos sin recoger fermentando. Al igual que los de los almendros, en cuyas ramas colgaba su precioso y duro fruto olvidado, carente de interés y de valor.  Se pudría como la uva en estos tiempos modernos de desprecio al monte y a la dignidad ser humano.Todo se perdía con la muerte del plebeyo campesino. Ahora convertido en paria que doblegaba su frente. Si ayer lo hiciera en esos duros secanos donde podía desplegar su vitalidad de animal humano concienzudo en la conquista el territorio. Hoy, presa  inculta y sin autoestima ante las asistentas sociales, o las autoridades municipales, buscaba alguna paga, que  la mayor de las veces no llegaba, quedando relegado a la caridad cristiana de cáritas, la cruz roja, o la familia. Convertido por su falta de oficio en  habladuría en terrazas de casetas y terrazas de bares, donde el mal fainer, el gos, el perro, el sin estudios. Como tal , humilde y vivaracho traspasaba la puerta de algún bar de los muchos y abundantes, como el vicio escampado por un pueblo de hasta ayer gente trabajadora, buscando alguna caricia que le llegaba como a los perros,  en forma de comentario que le golpeaba:

¿por qué tío Seba  se toma  usted un café en vez de comprar con el dinero una barra pan?

En las casetas de termino de vall d’uixó, sentados en humildes sillas con el rostro de halcones persiguiendo con la mirada la calle, bajo alguna cochambrosa y raída bandera de España, señal  para que no durara nadie que pasara de la ganadería a la que pertenecían el amo de la caseta. La televisión de fondo, levantados al ver pasar los coches de sus vecinos, que lo hacían inquietos continuamente. Con un frecuencia nerviosa, recorriendo el polvoriento camino de ida y vuelta de las casetas dispersas en el monte entre un kilómetro la más cercana al ayuntamiento, y hasta  cuatro kilómetros de distancias la más alejadas. En menos de una hora habitualmente el coche que bajaba volvía a subir, para una vez llegar volver a bajar en menos de 15 minutos de reposo inquieto, parando ante un saludo  en las  terrazas orientadas siempre al  camino. Orientadas para dotorear,  que en las casetas era la ciencia difusa de observar el comportamiento humano desde una ventana o terraza. Y volver, tras saludar, a seguir el coche camino  frente el mar. Mar quieto desde vall d”uixó, como una plancha de acero vaporosa, brillante. Mar silencioso, misterioso, profundo y calmado a esa distancia. Desde la terraza se realizaba el escrutinio dotoreador al conductor si era de bando afín, cargando con algún saludo histérico  a base de chillidos de reconocimiento, y de pitidos por parte del coche, que informaba que volvía al toro o al bar en busca de alguien.
El coche se alejaba sin que tardara en volver. Las primeras sombras de la noche en las casetas de San Gerundio de vall d’uixó  dejaban un pose de aceituna iluminado por la luna en los rostros morenos de sus  habitantes bajo el aleteo de los murciélagos mientras las innumerables filas de hormigas , última legión trabajadora del secano, se retiraban a los hormigueros a descansar.
varios perros eran vistos con espanto por el valenciano casi todos los monótonos atardeceres. El valenciano era un forastero venido a mucho menos que había estrellado su vida en vall d”Uixó por sus criticas. Tiraba por las tardes de dos bolsas del supermercado, cargado de arroz y latas de sardinas, subiendo la larga cuesta de San Gerundio, donde tenía su sede en lo alto del risco el santo en una ermita caseta. Andaba el valenciano como apestado, como un animal infectado de rabia. Siempre solo, sordo al comentario y ajeno a las miradas de desprecio de sus vecinos que atesoraban con gran gozo su ruina. Pasando sin saludarle por su lado y haciendo con el coche como que le atropellaban. El valenciano miraba casi todas las tardes  unos perros espantando a un grupo de ratas. Siempre acaba  mordiéndose los mismos animales entre si en una disputa eterna por unos despojos de una bolsa de basura que el clan de los chalados habían lanzado entre la chatarra almacenada para vender.
La  caseta de los chalados estaba  formada por unos corrales para personas que servían de granja humana, vivienda y  almacenes de chatarra. Los chalados era familia que vivía amorcillada, y era peculiar en cuanto su hablar castellano marginal, y su gusto por el escombro que trabajan con asombro. Estaban  integrados perfectamente a la cultura del lugar que exigía mucho poco a cualquiera. Los chalados vivían bajo unas torres de media tensión, de esas que suelen propagar el saludable cáncer, que como solía decir el valenciano elimina el montante  de población sobrante, incluido ricos. El cáncer es justo en España hasta ahora,  hay tratamientos igualitarios para ricos y pobres. Sin embargo a los chalados no les afectaba la radiación como al resto de seres humanos. Lo que creo la leyenda de que a los parias ni la alta tensión los mata. A tal extremos llegó esta creencia en los bares  de vall d’uixó, que un ingeniero de hiberdrola miembro del partido popular del pueblo, y el médico de cabecera de los chalados que era burgués socialista, hicieron apuestas un día de Julio del  año 2014, subiendo la tensión a niveles de ultra radiación para ver si sobrevivían. Con orgullo y risas el médico ganó la apuesta dos meses después, sin síntomas, a los chalados que se les podía ver animando todas las fiestas de toros de vall d’uixó a castellón. La apuesta consistió en una donación a cáritas de mil euros para pagar la luz a los pobres. así se trataba la pobreza y la exclusión en vall d’Uixó, con desinterés endémico y tratando a los pobres como basura resistente. Los bebes gitanos y rumanos eran también famosos  en bares y terrazas por su estómagos gloriosos , una mina de la resistencia vital al  ser alimentados con comida caducada y que no les pasará nada.

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Estos forasteros, los chalados, revestidos de un aura de inmortales eran gentes llegadas de Portugal, y sabe Dios como dieron con el sendero de  vall d’Uixó  El valenciano solía explicar como habían llegado diciendo que DIos  juntaba a los iguales, y repelía a los diferentes. Los chalados  eran valientes, estaban dispuestos a conquistar el territorio a base de amenazas, empujones, y exhibición de mugre que desolaba al adversario.  Iban los conquistadores siempre vestidos con chándal raído cosido  con la bandera de España que utilizaban como socorrida costura que espanta. Al atardecer entre música de camaron de la isla y palmas se les podía ver salir de la terraza a varios niños escurridos jugando de rojo y amarillo entre los secos escombros infectados de excrementos de los perros. Patos, gallinas, pavos, incluso cabras hacían una coral dentro de los corrales, al igual que el canto de los pajarillos protegidos: ruiseñores, petirrojos, cagarneras… cazados en parany. Construcciones populares de vall d ‘uixó donde se entra de rodillas, y se ve un techo que huele monte hecho de paja fresca. Dentro  se oculta de cazador donde con una red tras poner alpiste,  como si fueran peces atrapa a los desconcertado pajarillos que aletean desesperados y aturdidos.

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No hay caseta en toda castellón sin su bohemio. En San Gerundio  asomaba  el triste y melancólico  rostro hebreo de la casa del bohemio  apodado el  quebrado. Le gustaba el vino y el polvo blanco, soñador cincuentón con barbas blancas que recordaban sus buenos tiempos de músico durante la época de la movida. Tiempos que se echaron a perder con el asentamiento pop y la tristeza musical que siguió a la transición española. Ahora enloquecido, abandonado de su familia, vivía roto consigo mismo y con todos, buscado en sus incansables horas de soledad reparar el mal, limpiar su culpa en medio de ese secano que durante 12 hora al día bañaba la pared sur de su casa con ese   implacable sol que amarilleaba los campos secos. Lanzaba pestes contra sus vecinos. Las mujeres temían que algún día  San Gerundio le escuchara y llegará la peste bucólica a la montaña. Pero en general  entre los hombres que eran su antítesis especialmente los chalados, reinaba hacia él una gran  indiferencia.   Del quebrado  decía la leyenda que le habían echado en los bares,   que siempre había vivido solo  pensando en la música de la bohemia. En vall d’Uixó solo se recordaba un verdadero episodio bohemio. Y este había puesto el listón tan alto que ni el quebrado decían que podría superarlo. Aquel sensible pintor que tras hacerse marica se colgó de un algarrobo vestido de novia.

Algo más arriba del bohemio, se encontraba la caseta que ocupaba el valenciano.  Famoso por sus piernas, delgadas, no muy altas, pero vitales. Siempre caminando con sus miserables  bolsas de la compra: tres euros le cundían más que a nadie, y se quejaba. Teresa, una pelirroja muy guapa de  texas que paseaba el perro en ocasiones por San Gerundio, solía decirle cuando protestaba que era afortunado por poder vivir con tres euros al día y tener todo el tiempo libre. Ella se pasaba el día buscando empleo y gastaba 10 euros. Del valenciano eran famosas más que sus piernas   sus  quejas, que escribía  en blog con entradas de no saber donde estar. Su caseta, cuyas ventanas miraban al mar, tenía  forma de una enorme caja de zapatos, como el resto de casetas. Su tejado plano de baldosas rojas solo era roto en su  monotonía arquitectónica por la chimenea.  Tenía entre unos perros por compañía y por testigos de su drama, en un estado deplorables, fieles caminante en  su condenada. Decía el quebrado al verle pasar:

 

En la penitencia llevas la condena. fardacho, sin vergüenza, busca trabajo puerco.

El valenciano era el vecino más odiado del lugar, con fama  de vago. Tal fama de vago tenía que al final se lo creyó e imitaba a la perfección a sus vecinos. Nadie le dirigía la palabra, excepto dos inquilinas de más arriba, cercanas a las ideas progresistas en ocasiones, liberales en otras, cosa del relativismo de los tiempos. Pero que al ser  ante todo hembras sentían en las entrañas esa especie de fuego de la compasión por las criaturas que viven solas ante la dureza de ese lugar yermo, seco, sin recursos, donde la gente está condenada a la pobreza nada más nacer, rodeados  de un ambiente de charanga y pandereta en medio de un secano que provocaba tristeza y melancolía al contemplarlo. Por eso nadie contemplaba de cerca de forma concienzuda  las montañas de valld”uixó.
El valenciano salia salir de su caseta vestido como un chico de los recados de la revolución. Se creía su papel, como el bohemio y los chalados el suyo. Vestido con harapos de general se había otorgado el titulo de conde de las fuerzas revolucionarias de la vall d’uixó. Cosa que lejos de dar risa a quien los escuchara y lo viera con una casaca militar descolorida, y una gorra de teniente llamándose conde las fuerzas de liberación le daría risa. Sin embargo la gente del pueblo le creía. Y les daba rabia y que pensar a los sencillos habitantes de vall d”uxó que decían a su marcial paso al son de la flauta:
Se lo tiene muy creído.
andaba el conde siempre lleno de manchas. Su ropa permitía notar que bajo esa mugre había un cuerpo  atlético insensible a la pobreza que había sobrevivido   a los números ayunos, las dietas estrictas, así como varias plagas de gusanos en los intestinos contagiadas por los perros. así como los castigos eméritos que le proporcionaba el ayuntamiento desde el 2011 como premio  tras perder su trabajo temporal en una fabrica en el 2008 y andar por allí pidiendo cosas que querían desmantelar las autoridades cacicales para hacer espacio en vall d’Uixó, donde según palabras del alcalde no se podía respirar en vall d’Uixó  por el tufo de tanto pobre.

Espacio, espacio quiero, corredor sanitario ya en el mediterráneo – solía gritar.

vall d’uixó según el valenciano era un pueblo donde todo estaba preparado para perdurar eternamente, o que ocurriera alguna fatalidad. Las dos cosas las creían sus habitantes ciertas, sin reparar en la contradicción. En cualquier terraza de caseta o bar se podía escuchar a la misma persona decir que esto iba a ser siempre así , como al instante seguido que todo iba a estallar. Pues  conforme la crisis aumentaba lo hacia la sensación tanto de eternidad como de cambio que flotaban en el ambiente seco, hostil, desigual , pobre. Donde las chicharras cantaban, la desnutrición aumentaba,  los suicidios habían entrado a formar parte de las conversaciones en las terrazas junto los divorcios. Las trincheras de la guerra civil  envolvían lúgubres toda vall d’Uixó y transmitía  la cercana idea  de que se necesitaba muy poco para que la mecha de la revolución estallara en un pueblo anarquizado y lleno de odio de los unos por los otros, fomentado con la tolerancia de la desigualdad. cualquiera con una cerilla en el momento adecuado podría hacer explotar todo el sistema moral de la zona, que sobrevivía como un nido de águilas apuntalado  en las terrazas de las casetas y los bares, donde nervioso se mostraba  el pueblo simple de Uixó, que pegaba pataditas sobre las baldosas, medio chillando antes la noticias que se sucedían  sobre los escándalos de corrupción, y las detenciones de gente que protestaba contra el gobierno. Los nervios aumentaban con  la propagando del alcalde de vall d’uixó que le decía a sus vecinos dominados por el miedo en los bares y las terrazas de las casetas, que gente revolucionaria irían al mando de una tropa de socialistas y de la ugt casa por casa, y les pegarían un tiro en la nuca a la gente de bien que tenía fortuna delante de sus hijos en los días de peñas.
Los vecinos de las casetas del valenciano lo miraban mal porque estaban convencidos al ser del  otro bando, el  que no tenía nada más que resentimiento, de que si estallaba la revolución mandaría fusilarlos. Incluso se rumoreaba que lo haría de forma socarrona, vestido de Pancho Villa tocando la flauta montado en un asno mientras las balas penetraban sus cuerpos junto la blanca tapia del  convento de vall d’Uixó  nuevamente en llamas y con las monjas ardiendo después de haber sido violadas por los socialista de vall d’uixó y el comité de milicianos  de la UGT.
Había que hacer un milagro para que esto no pasara. Por eso los vecinos de vall d’uixó  apoyaban en las terrazas comentarios de  las detenciones preventivas de la guardia civil a los que no fueran a los toros ni a la procesión, así como mandar a la cárcel sin juicio a la gente por parte de los jueces de nules. Se escucha desde las terrazas    mano dura y que se imitara a Franco.
Franco flotaban en las terrazas de las casetas  de vall d’uixó, tanto como en las cervecerías .
Los viejos búnkers pulverizados casi indistinguibles de los ribazos, hechos una ruina, y cubiertos en ocasiones por escombros de las casetas recordaban al caudillo como el único garante de la tolerancia en un territorio sin recursos. Solo un tirano fascista podía repartir de forma equitativa entre los suyos y exterminar de forma juicios a los otros. La ventaja estaba de parte unos salvajes bautizados en territorio dividido entre buenos y malos.
En las casetas, todas las tardes con la televisión de antena tres de fondo ametrallando  a alguien, se recordaba a el hombre que trajo la paz, tal como hoy lo hacían los jueces demócratas. Eso tranquilizaba a la gente de las terrazas de las casetas y bares cuando escuchan hablar del cambio de sociedad. Reclinados en las terrazas de casetas y bares, mecidos como la paja cuando el viento  mueve la espiga, observaban con miedo a los que se les oponían. Fingían desde cualquier terraza indiferencia, juzgaban con desprecio animal y temerosos al adversario, temiendo que pudieran cambiar ese territorio que ya estaba bien así.

¿No tenía ellos una paga? ¿ no había entrado su nieto a los caminos a trabajar para el ayuntamiento? ¿ No había toros todos los días?
! Qué había gente sin comer o perseguida por jueces!
En las terrazas de san Gerundio entre risas predicaban como el alcalde bajo unas nubes plomizas producidas por el incansable calor que golpeaba como en una fragua vall d’Uixó, que Dios traía el hambre y la persecución para hacer espacio. había que limpiar las calles.
Angelillo de Uixó.

Licencia de Creative Commons
La caseta. by ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.worpress.com.

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