El perro y la cadena.

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La siguiente historia está basada en hechos reales. A veces el terror está más cerca de lo que parece.
I.

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Se acercaba la hora de la cena. El sol empezaba a declinar sobre el monte, y nos envolvían las primeras sombras crepusculares entre los moribundos algarrobos cuyos gruesos y huecos troncos parecían expirar lentamente en aquella calma mortecina rodeados de anchas matas secas de cientos de arbustos que se agolpaban grisáceos y amarillentos a nuestro alrededor catastróficos y puntiagudos. Respirábamos inquietos sobre la pedregosa senda que formaba una cicatriz marrón que nos permitía lentamente avanzar en medio de ese paisaje de regreso a nuestra casa siguiendo la cresta de una ladera de vall d”uixó, exuberante de rastrojos que ocultaban misteriosos en sus negras profundidades un silencio mortal que anunciaba que iba a pasar algo malo. Era un silencio de inferencia y miseria ante la vida enloquecedor. Solo se escuchaba nuestro paso, y algún graznido de alguna urraca en la distancia. Sobre aquella ladera, escenario para la imaginación de los horrores de la decrepitud. No parecía que fuera posible que hubiera vida animal en aquel reino de rastrojos resecos, retorcidos, brotando de entre las piedras calcáreas que estaban cubiertas de todas estas matas no más altas del metro y medio. Yo llevaba de la cadena a dos perros. Sentíamos mucha hambre, ya que desde el amanecer no había probado bocado debido a que mis recursos eran como ese paisaje, escasos. La vida en vall d”uixó era rácana, miserable, en sus montes y en sus casa. De repente, me creí afortunado por un instante. Vi brotar poleo entre la cavidad húmeda de unas rocas. Y fui a recogerlo, cuando salió corriendo un conejo que se había zampado la mitad de la mata. Sin haberme dado cuanta, para coger el poleo había soltado la cadena de los dos perros que me acompañaban, que se fueron tras el conejo, arrastrando en su loca carrera entre los arbustos las cadenas que chocaban contra las rocas y las plantas que parecían chillar al romperse. Sobrecogido por la violencia de la escena, y con un dolor penetrante  de todos aquellos gritos salvajes de los animales, comencé por mi parte, excitado por mis propios gritos, a llamarlos para que regresaran. Pero fue inútil. Estaban cegados por el instinto de la caza, iban tras el conejo que zigzagueaba entre los arbustos. Entrando y saliendo de ellos.

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Uno de los perros empezó a chillar desesperado a un kilómetro, cerca del fondo de la ladera. En aquel barranco que estaba cubierto palmo a palmo de todo tipo de arbustos y pinos cuyos troncos eran estrangulados por zarzaparrillas trepadoras cargadas de frutos estivales en forma de uva  que se desparramaban con sus colores peligrosos  negros y rojos brillando sobre las ramas secas.
El animal estaba detenido cuando llegue a él. lo deslie pegando estirones a la cadena, y tiraba de él hacia mi para que se tranquilizara, pues estaba tan poseído y agitado por la caza que quería ir a por el conejo. Yo apenas podía mantener el equilibrio, pensé que acabaría en medio del barranco entre todas aquellas matas, pues el perro era tan fuerte cómo yo. Se trataba de una mezcla de pastor alemán con husky de cerca de 45 kilos  de dos años de edad cuya fuerza estaba muy igualada a la mía. así que mientras yo tiraba para arriba intentando salir de ese barranco, él quería seguir adentrándose  por el. Finalmente, a base de chillidos, estirones pude tomar el control del animal. Subí unos metros la ladera, y observé el horizonte. Mi visión quedó eclipsaba pronto entre arbustos tupidos, ribazos, arboles rodeados de hierbas amarillas donde no se veía nada que no midiera más de metro y medio por lo menos.
La noche se nos echaba encima y era imposible dar un paso más sin caer.
A mucha distancia mi corazón tembló al escuchar un aullido lastimero que parecía venir de todas partes y ninguna.
Volví a bajar al barranco adentrándome varios metros entre la maleza siguiendo ese sonido que era de mi perro.
Empece a llamar al animal.

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Escuché un segundo aullido a cierta distancia, quería ir, pero no podía pasar.
Estaba seguro qué no estaría muy lejos, quizás a un kilómetro, sin embargo era imposible avanzar cuatro pasos .
No había duda de que el estaba enganchado  por culpa de la cadena, produciendo un efecto como el ancha de un barco, aunque la diferencia es que aquí el animal estaría luchando desesperadamente  por intentar escapar.
Un sentimiento de culpa, de frustración de rabia se adueñó de mi.
Empece a gritar en aquel barranco, la luna asomaba y se veía sobre mi cabeza la maldita ladera, cayendo sobre nosotros maldita, silenciosa, negra, cubierta de arbustos enroscado cómo serpientes, puntiagudos, erizados.
EL horror, el horror, el horror,
Arrastras empece a subir junto al perro por la ladera  hasta llegar a la senda, y regresa a casa con un profundo dolor en el corazón.
Me asome al balcón y contemple las montañas cuya presencia se notaba en una silueta negra.

Intentaba escuchar algo, pero no se oía nada.
Sentía en el pecho un fuerte dolor,como si alguien hubiera colocado una plancha encendida sobre el.
Me tiré en el colchón , intentaba cerrar los ojos y descansar, pero el recuerdo del animal atado me perseguía.

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Angelillo de Uixó.

Licencia de Creative Commons
El perro y la cadena. by Ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com.

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