La tribu de los hombres parados.

indio

somos los hombres huecos, sin voluntad, sin utilidad, sin diversiones.

somos los hombres huecos, sin voluntad, sin utilidad, sin diversiones.

El olor a gasolina, a humo, los pitidos en la plaza del Ayuntamiento de Valencia me animaron a continuar caminado. Fluí entre las cabezas de gente arrastrado mi bicicleta en medio de esa quietud en movimiento y sonora de las aceras repletas de personas cuyas expresiones y gestos me aterrorizaban por lo artificiales que eran. Me deslice cómo una serpiente por una rama entre unos callejones por los que cruzaba bajo un arco del tipo de las antiguas juredías. Había mucha menos gente en esas oscuras calles repletas de placas con nombres de viejos generales. El aspecto de las personas que por allí andaban eran mucho más reconocibles cómo humanos. Iban sin gafas de sol y se les podía ver los ojos. Unos ojos fatigados, vitales, acostumbrado a aquella oscuridad claustrofóbica de callejones, adornaban sus rostros curtidos. Las expresiones de sus gestos cuando se cruzaban conmigo eran también mucho más humanas que los que andaban por la plaza del ayuntamiento. Me habían producido la gente de la plaza del ayuntamiento una profunda emoción de  asco verlos de tan emperifollados y con aspecto de alienados. igual de repugnantes eran sus movimientos y las expresiones que les acompañaban. Ocultaban bajo estas muecas de glamour y alegría un terror oculto que dormía en el fondo de sus corazones y al que se negaban a escuchar. Formaban todos ellos parte una gran mentira. Una gran civilización para  sordos, ciegos, basada en no tener mala conciencia. Pero allí estaba el terror, latente, cómo un país remoto al que no se quiere ir, esperándoles bajo el maquillaje, bajo sus rostros perfectamente rasurados y limpios. SI algún día ese lugar oscuro que llevaban se despertaba¿ podria dominarlo cómo a los perros amaestrados que  habían perdido sus instintos y les acompañaban dóciles en sus paseos en calidad de mascotas domesticadas?
Me detuve ante un hombre de cabellos plateados. Calcule que tendría unos 50 años.

leía una revista de viajes. Había abierto un desplegable donde se veía un hipopótamo en medio de un río rodeado de cocodrilos, en la orilla unos negros daban saltos y brincos junto unos monos. Sobre la foto se podía leer con grandes letras:
Visita República del Congo por solo 1.500 euros, visita al río incluida.
Me acerque al hombre y le pregunte con una amplia sonrisa:
¿ Te gustaría estar allí, eh amigo?
EL hombre me miró con una mirada inquisitiva, seguramente por no conocerme. sin mover un solo musculo tras mirarme atentamente  me confesó:
Odio valencia, esta ciudad es la jungla.
Aquí la gente desaparece, se pierde, te vacía.
Llevo en este bordillo toda mi vida.

¿ Sabes lo que he hecho en los últimos 8 años?
Yo encogí los hombros cómo muestra  ignorancia:
Nada- me contestó horrorizado, y añadió haciendo unas muecas de  un gran dolor espiritual indescriptible de narrar:

Soy un hombre hueco.
Un hombre roto.
pertenezco a la tribu de los hombres parados.
Me lanzaron a este bordillo de este callejón,

y aquí me he quedado.
Sin ganas de vivir,
sin deseos,

sin motivación.
Paralizado.
Mi vida es una gran decepción.

indio II

Vaya cabronada- le conteste yo entristecido.
El hombre me miró con ganas de romper a llorar y empezó a hablar de su niñez.

No soy psicólogo, pero creo que ese tipo necesitaba a alguien  lo escuchara, y yo era la persona adecuada para esa misión:

vista el congo

De pequeño  soñaba con navegar por un gran río salvaje. Solía jugar cuando terminaba de ayudar a mi padre en la huerta a tirarme con una cámara de neumático de tractor por el río turia hasta llegar al mar. Yo creía que algún día atravesaría ese mar , y viviría muchas aventuras en países lejanos. Pero secaron  primero el río, lo canalizaron, más tarde una promotora compró las tierras de mi padre. Le dieron dinero y se hizo un borracho cuando dejó de trabajar. Se bebió todo el dinero del terreno. Mi madre lloraba mucho. MI padre le pagaba. Yo contemplaba  aquello aterrorizado.  No comprendía lo que estaba pasando. cada vez había más niños cómo yo, cuyos padres ya no trabajaban y bebían mucho, y pegaban a sus mujeres. La atmósfera de valencia se volvió enfermiza conforme la tierra negra, esponjosa, abonada, se convertía en ladrillos, en bordillos. Yo me dedicaba a dar vueltaS por el cauce seco del turia donde se veían esqueletos de peces muertos. Se había secado el río para siempre, habían colonizado las tierras, nos había quitado todo. ¿ Pero quien? Nadie sabia lo que había pasado, solo que un día nos despertamos y la tierra, el paisaje, las formas de vida eran diferentes. Crecían las avenidas, el hormigón se vertía sobre el lado primitivo de nuestras marjales. el arroz, los juncos que antes formaban el paisaje era invadido por esa capa gris de cemento que aplastaba la vida primitiva que desaparecía.  mujeres y hombres  se volvían unos perdidos en una sociedad enajenada. Mi propia hermana, descanse en paz, se hizo primero yonki y después puta. Los hombre iban dando vueltas de un lado para otro rellenado papeles en agencias de colocación para ser camareros, o se hacían unos rematados picaros
El fuego prendía por todos los montes y después surgían cómo hongos tras las lluvias de octubre, urbanizaciones de lujo.
Todo lo contemplábamos en silencio.

sin comprender que pasaba.

La mentira que nos contaban de progreso y creíamos, era lo peor de todo.
La gente nos hicimos huecos.
Tapamos con era nuestro oídos.
Nos dejamos envolver por una atmósfera gris e insalubre de fabricas que abrían y cerraban de forma muy rápida. Algunas las trasladaban a esos países remotos con los que soñaba viajar en mi infancia, donde su lodo primitivo era también sepultado bajo el brillo de este progreso que hacia huecos a los hombres.
Si hermano, somos hombre huecos.
hombres sin utilidad.
sin diversiones,sin sueños, sin imaginación.
caminando a cuatro patas de las casas a los servicios sociales, de los servicios sociales a las ETT, del bordillo a la subvención.
Yo presenciaba el rostro fatiga de este hombre, estaba horrorizados contemplado aquel ser humano.  Comprendía que era eso lo que me horrorizaba, que ese tipo era cómo yo, un ser humano:
Dios mío- pense- a esta gente les han dado bien en el corazón.
Los han roto a ellos ,y les han roto los lazos con su comunidad.

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Enseguida cómo un rayo me vino un pensamiento que me produjo un profundo terror, desató mi lado oscuro. Me estremecía solo de pensarlo porque ese pensamiento se remontaba a mi niñez feliz y olvidada, cuando mi padre me regalo por navidad el fuerte apache de playmobil, y creía ser el general Caster. Fue la época más feliz de mi vida. Me pasaba el día jugando a que masacrar indios con mi 7 de caballería, también hacia matanzas de bisontes, asaltaba diligencias, y violaba a las playmovil indias y blancas. Para un niño daba lo mismo, pues las playmovil estaban hechas de la misma pasta. Yo no tenía entonces ningún remordimiento moral. Era cómo ser el protagonista de una película de aventuras donde siempre pasaba algo interesante. Pero la vida no es cómo en los juego. Ese hombre y yo lo sabíamos. Ahora el estaba viviendo sobre un bordillo, y yo en cierto modo también, y no pasaba nada interesante. Solo una vida que nos tragaba en silencio, sin prestarnos atención, a gente cómo nosotros, sin ambiciones.
¿ Hacia donde debíamos ir?

Quizás a la guerra.
un ejercito de desempleados,
una tribu de perdedores.
sin voluntad, sin aspiraciones, sin grandes ideales, agrupados en torno a un líder.
No puede evitarme volver a mi niñez y verme cómo el rey de la tribu de los hombres huecos. Yo los llevaría la victoria que perecía abandonarles por culpa de los métodos que empleaban. Para vencer había que emplear los mismos métodos que las agencias de colocación, que la guardia civil, que los psicólogos, que los jueces, en definitiva: que el estado.
El horror sobre la maquinaria del capitalismo.
El terror en un banco de credito, cómo un incendio sobre el bosque.
Creo que ese hombre hueco debió comprender mis pensamientos, me miraba cómo a un líder, o quizás solo quería que alguien le escuchara y le comprendiera.
A mi me daba miedo compreder lo que me rodeaba, y sobre todo: escucharme.
Angelillo de Uixó.

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Licencia de Creative Commons
La tribu de los hombres parados. by Ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com..

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