El instinto de cárcel de los hombres desechos.

Posted: June 11, 2015 in educación, feminismo
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El instinto de cárcel de los hombres desechos.

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Estamos acostumbrados a ver la vida cómo algo conquistado, solucionado, donde la locura ha sido encadenada en lo profundo de los sueños. Sueños alejados de nosotros, cómo si estuvieran en otro planeta, cómo nuestro corazón. Me daba cuenta conforme arrastraba mi bicicleta por valencia que el corazón estaba cada vez más lejos del cerebro de la gente envuelta en ese halo de felicidad desdichada y amargada que no podían notar al estar en estado de alienación. Parecían hechizados por una fuerza organizada que brillara cómo un diamante, pero bajo este aparente brillo se escondían estructuras miserables que no valían nada. Esa fuerza luminosa se llamaba civilización o estado organizado. Un grito de presos, de pobres, de animales torturados flotaba bajo los motores de los coches, en los ascensores, a través de los ventiladores de las oficinas de seguros.  Si la gente se parara a escuchar, si se asomarán a contemplar la noche que los envolvía, lo escucharía todo verdaderamente claro en la oscuridad.
Necesitaba ver, comprobar antes de llegar a ninguna conclusión que para sobrevivir a todo este mundo había que poseer un gran una gran capacidad de amargarse la vida.
Y sabia que tarde o temprano daría con alguien así. Estaba en el lugar indicado, con la misión adecuada, encontrarlo.
Así que cualquier cosa podía pasar, y pasó así.

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Cerca de la estación de trenes se acercó un tipo que se levantó del suelo haciendo gestos de amargado. Junto él había una mujer. Iba medio desnuda, era joven, parecía una salvaje, era hermosa, pero al ir medio desnuda y estar postrada en el suelo la califique cómo una mujer ligera de cascos y le robe la belleza, pero era hermosa. Tenia la mirada de una persa.
Los movimientos de ese hombre que veía hacia mi eran lentos. avanzaba despacio, tambaleándose. Parecía cansado, apunto de desplomarse entre la gente que pasaba con prisa, agitada, haciendo muecas de impaciencia junto la estación.
Cuando estaba casi tocándome escupió al suelo, su mirada era torcida, su piel casi negra, no se podía saber de que raza era. llevaba sobre su cuerpo unos harapos de cuero llenos de polvo, los brazos velludos, repletos tatuajes con el rostro de una mujer semejante a la que estaba postrada a su lado, y un nombre sobre los tatuajes con letras rojas:

Macarena.

El tipo parecía muy perdido. Se dirigió hacia mi, parecía que se quería enfrentar conmigo, y yo deseaba  escucharle. Saber que tipo era este.
Me extendió la mano haciendo este gesto repugnante de mendicidad, y emitiendo palabras con una voz ronca, que parecía malvada  me solicitó:
¿ me da un euro para coger el autobús?
¿A dónde vas? le pregunte sacando la cartera el euro.
Tengo que ir a la prisión- me contestó sonriendo de una forma enigmática, y la vez santa cómo si fuera un mártir.

Ante mi expresión de perplejo me aclaró

– Por la noche duermo en la cárcel. Allí me uno con mi gente, me echo con mis hermanos sobre un colchón y me olvido de los problemas del día.
Es cómo ser libre, libre de miedos, libre de mi mismo, libre del amor, libre para soñar con  ella que es lo que  más quiero del mundo ( y señalo a la chica que seguía con su mirada nuestra conversación)
Yo lo miraba intrigado, parecía decir la verdad, una verdad realmente amarga que no comprendía en ese instante.
¿ Y no has pensado nunca en no volver a la cárcel?- pregunte.
Miro a su alrededor, a aquel bullicio de gente de todas partes del mundo intranquilas, solitarias, agitadas, voraces.
de ninguna manera dejaría de ir a prisión a dormir- contestó.
¿ Y qué delito has cometido?- pregunte sin imaginarme que podía haber hecho una persona tan moralmente recta.
me pillo la policía escribiendo en un muro:
Tirar la bomba, exterminar a todo el mundo.
Le di el euro.
Se retiró hacia la chica, ambos desparecieron entre la gente cansados, cómo si fueran arrastrados entre las sombras de los transeúntes, una sombra que se mezclaban unas con otras en contornos no definidos.
se escuchaban los anuncios por los megáfonos de los trenes llegando saliendo. Alicante, Madrid, Barcelona… que más daba el destino. Eran todos iguales.
Yo arrastraba mi bicicleta por la acera, me había vuelto a poner en marcha alejándome no sabia en que dirección. Seguía pasos, pasos que otros había dando antes con una extraña sensación de muerte acechándome, no desde fuera si no desde dentro.

Algo dentro de mi me espiaba, crecía cómo si fuera mi enemigo. Me acechaba cómo un animal herido.
Tenía la sien cargada, la voz llena de amargura.
¿ estaba preparado para la sabiduría?
En eso consistía el secreto de la vida, en la renuncia, en la unión silenciosa e incomoda con la gente.

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Angelillo de Uixó.

Licencia de Creative Commons
El instinto de cárcel de los hombres desechos. by Ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com.

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