Hey Gringo.

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Fuente de la información, revista Alfa Omega, sobre la muerte de un vagabundo al que se complacen de haber enterrado decentemente.
«Quiero que el cariño que no recibió en vida lo reciba ahora a borbotones. Se murió solo, eso es lo que más me duele. Estuvo dos días muerto antes de que lo encontraran. Murió de soledad, pero éramos muchos lo que lo queríamos». Alfa Omega.
Hey gringo.

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Carlos Bastida era un político de éxito de mediana edad de Vitoria que gastaba cerca de 1.000 euros al día entre gastos de comidas, y de representación. Su éxito se basaba en que acudía a todos los eventos de Vitoria y se rodeaba de gente cómo él que gastaban mil euros al día. Su verdadero secreto era actuar cómo el resto de políticos y gente de poder y aprovecharse al máximo del cargo para vivir bien. Entre sus obligaciones estaba besar las manos del rey, le fuera simpático o no  cuando visitar Vitoria, abrazar con gusto o disgusto a algún dictador africano que traía bajo el brazo un contrato para comprar armas, inaugurar carteles de colegios que sabia que no se iba a construir porque  iban a recalificar ese suelo para viviendas de lujo, pero por motivos electorales anunciaban la construcción de esos colegios.
Carlos se había acostumbrado a todo esto.
Un día de mayo se despertó y vio extrañado que en su agenda  estaba anotado ir al entierro de un vagabundo. No se interesó de cómo se llamaba, ni que había hecho para recibir un entierro de calidad guardia civil muerto en acto de servicio. Para Carlos estaba en la agenda y tocaba ir al entierro, nada más.
Acudió a la hora indicada, saludo a varios políticos de la oposición del consistorio de Vitoria con los que habían estado el día anterior en una boda de una chica fea y un novio pijo a los que no conocían. Por lo que Carlos hubo de estar toda la boda brindando con la oposición  por  ser los únicos que si conocía. Ellos estaban allí al igual que él, mandados por el consistorio por tener el padre de la chica fea y del chico pijo  muchísimo dinero.
Carlos tras saludar a la oposición  se unió a la comitiva que no conocía siguiéndoles al entierro. LLegaron hasta el féretro donde estaba el cura que iba a iniciar el sepelio.

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El cura en el entierro estaba muy metido en su papel, cómo el resto de asistentes. Entre las cruces del cementerio bufaba iracundo con una sotana blanca y el cráneo amarillento frente el ataúd con el que dialogaba.
Tras el cura estaba el coro de personas ajenas al difunto que miraban todo aquello cómo una muerte ajena a ellos, de alguien de otra categoría al que le estaban haciendo un favor.
Carlos leía en los rostros que nadie realmente  quería estar allí. ni les importaba el difunto.
El cura empezó a hacer su discurso:

Aquí venimos a combatir con rabia tu muerte con amor.

a lanzar borbotones de la comprensión que no recibiste en vida.

Te demostramos Gringo que la soledad del prójimo nos duele,
cuando se nos muere,
dejamos de ser suspicaces y egoístas.
Si estuvieras vivo,
nos llamarías príncipes del bien que reparte los peces y los panes.
Ojala pudieras vernos,
te hemos traído flores, políticos y músicos.
¿ Es lo que te gustaba?
Hola, Hola.
Hey Gringo
Vitoria llora con pena tu ausencia:
que lo sepas:
que aunque estabas solo,
te queríamos.
Hola, Hola,
Te damos la bienvenida.

Y viendo cómo te has muerto,
varios a la iglesia han vuelto.
Adiós, adiós.
Por Dios.
No nos preguntes el por qué Gringo.
ahora aquí contigo.
todos nos sentimos
muy unidos con tu muerte.
Ya estamos echando una hojeada al siguiente.
Hay uno bajo el puente ,
anda cojo,
no ve,
apenas puedes masticar.

nos va hacer rezar de nuevo.
Hey Gringo descansan en paz.
Hey Gringo reza por nosotros,
Hey gringo te traeremos al siguiente.
Repartimos amor entre los muertos.
Si no podemos repartir los panes,
porque el pan nuestro de cada día,
es nuestro,
nuestro.
nuestro y de nadie más
Hola, Hola.

La gente empezó a aplaudir, mientras en Carlos ese discurso tan claramente hipócrita y violento le marco profundamente, transformando algo en él. EL cura siguió hablado de los días que lo había visto en la calle. Las conversaciones disfrutadas con el difunto que escribía poesías, y lo arrepentido que estaba el cura de no habérselo llevada a su casa. El día, aunque era cálido y claro, de repente en el cielo  se empezaron a amontonar  nubes negras. Se estaba gestando una tormenta. A lo lejos Carlos vio varios rayos caer del cielo, y cómo si uno de ellos hubiera estallado en su cabeza, y le hubiera iluminado la conciencia…se dio cuenta de que aquella gente era la responsable de la muerte de ese pobre desgraciado al que querían darle toda la ayuda y amor que no le habían dado en vida: muerto.

Eso era una salvajada. EL cura  conoció al difunto, al igual que gente de la parroquia que estaba allí, y lo dejaron en la calle. Eran responsables de su muerte. luego pensó que al igual que él, por ser una de las autoridades políticas que consentía en Vitoria esa pobreza en la que vivía esa gente. Carlos sintió que empezaba a marearse. Cayó una gota, luego otra, y empezó una gran tormenta. la gente se fue corriendo.  Carlos  sintió vergüenza por ellos, y se quedó allí viendo cómo la tierra era empujada por el agua al  hoyo que había cavado para meter el ataúd de Gringo.
– NO, no participare jamás en este tipo de actos, se juró Carlos  abrazando la tumba de Gringo.

Angelillo de Uixó.

Licencia de Creative Commons
Hey gringo by ángel blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com.

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