Trans express de media noche.

Posted: January 20, 2015 in educación, feminismo
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Trans express de media noche.

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Interpolación musical:
Expreso de media noche:

I
En la noche la simple brisa que deja la publicidad, el paso de un tren, de un coche tras su fugitivo paso, es capaz de derribar las murallas de un hombre. Que se lanza a la calle en busca de un portón, de un timbre desconocido.
Alojada en un callejón sin brisa de castellón, repleto de humedad, en cuyo entresuelo había una viaja armería cerrada por la que pasaban los clientes ante de encontrarse con Cleopatra. Entre toses, fría de cuerpo, los días polares de invierno de castellón recibía envuelta en una vieja bata. Abría con indiferencia, sin sorpresa ante nada de lo que pudiera estar al otro lado de la puerta, e invitaba a lo que allí hubiera a pasar a su pequeño templo. Decorado con botellas de licores en una estantería, una mesa con un jarrón repleto de flores, y fotos de actrices famosas americanas en el lado del mueble que guardaba la televisión, situada frente a un sofá donde era conducido el cliente que contemplaba agitado, nervioso, a una delgada Cleopatra de metro ochenta y menos de 65 kilos, de larga cabellera morena de guerra rematada por delante con tijeras y cartabón en un flequillo cortado recto a la altura de las cejas, maquillada cómo una momia sus facciones masculinas feminizadas. Entonces, Cleopatra mostraba todo su esplendor al abrir la bata, que se mecía entre sus enjutas nalgas con dos pechos que quedaban al descubierto. Uno más grande que otro, y ambos de diferente color entre si, uno  de tonalidades negras que constataba con el resto de su piel blanquecina, y otro de color rojo cómo marte. Esto era debido a una reacción alérgica de un sucedáneo de silicona empleado por el cirujano plástico que la operó fuera de la seguridad social, que le negaba el tratamiento. EL cirujano era un tipo que se había licenciado en prisión, a la que volvió después de trabajar cómo cirujano una semana entera. bajando la vista por el cuerpo de cleopatra se veían las formas de sus costillas que parecían flotar  sujetas como con una tirita, hasta llegar a la cintura donde un apretado tanga mostraba la silueta de un enorme pene que llevaba a la boca del cliente una vez dejaba sus 15 euros por un polvo express y rico, semejante al anunciado:

Cleopatra trans express de castellón, pollón de 25, rico, rico por 15 euros.

En la oscura noche de los que no duermen, de los que no tienen sueños de noche, ni nada que realizar durante el día, se agitaba Agustín, el armero del entrepiso, cargaba con dos muñones repletos de cicatrices donde hubo dedos. aún le dolía físicamente la ausencia de los dedos, pese que hacía más de 10 años que le fueron amputados al estallarle cuando preparaba un encargo de cartuchos ilegales, mucho más fuertes que los permitidos de forma reglamentaria. Fue para un pedido de la sociedad de cazadores francisco franco, con el proposito de asustar a la agrupación de ecologistas a mogollón que tenían previsto parar la caza del ciervo en el Peña Golosa. Agustín terminaba desde hacía dos años, las noches en casa de Cleopatra, la única que le hacía volver el alma a su cuerpo. Ojeaba al último cliente cuando salia a la calle helado, confuso, arrepentido de haber gastado 15 euros una vez había desahogado el necesario asco hacía si mismo. Entonces, entraba Agustín atormentado, cómo una animal herido, llevando  una vieja carabina al hombro, recordando el cazador que fue. La misma carabina con la que apuntaba al ver salir al último cuerpo de la noche, aunque sin munición. Sujetando un alambre de los dientes que chirriaban de rabia, apretaba el gatillo que detonaba el percusor haciendo un ruido vació que se fundía con el del portón que se cerraba parando el viento frío de la calle. Con el mismo sigilo de las manchas de la sabana, se introducía en la casa de Cleopatra saltado las escaleras de dos en dos con sus muñones doloridos, e irritados, metidos en los pantalones, que sacaba ante ella para que viera su dolor, dejando la carabina descargada en una silla.
Ella le servía una coca cola mientras Agustín la miraba con desprecio y celos.
¿Por hoy ya has disfrutado bastante ya, ¿no?- le preguntaba con sarcasmo.
Vamos a dormir, estoy muy cansada y tengo mucho frío, cariño- le calmaba ella pasando sus largos brazos por su ancho cuello de un hombre que se había convertido en la burla del barrio por su compañera travesti. Años atrás fue el hombre más rico del lugar, además de ser una persona comprometida políticamente. Acudía a todos los mitines de la guardia civil, incluso se rumoreaba que en el golpe de estado de tejero, proporcionó armas a los vecinos de derechas para matar comunistas, lo que le valió el respeto y estima de las autoridades de castellón. Durante muchos años fue así. Y eso le servió para que tras su accidente la cosa no pasara mayores. Lo que podía haber sido un escándalo, se quedo en un chismorreo de barrio que no estuvo mal visto. Le obligaron a cerrar el negocio. Agustín se hundió en la soledad y algo peor, se convirtió en el hazmereír de un barrio tradicional. Las cosas no mejoraron con las políticas de urbanismo del boom inmobiliario. El callejón se lleno de un día para otro de rastafaris, ecologistas, inmigrantes, maricas, alternativos,prostitutas y gitanos, desplazando a gente tradicional y de misa del lugar. Incluso ecologistas a mogollón, que desconocían la causa de su falta de manos, le solicitaron el local para sus reuniones , al igual que una asociación de vegetarianos pacifistas.
Cleopatra era la única persona que tiraba de ese cuerpo mutilado y abandonado por la humanidad para que siguiera viviendo. Él apuraba sus días en soledad, gritando que lo había perdido todo. La gente lo escuchaba con indiferencia, cómo escuchan los cazadores los bramidos de un ciervo herido, de rodillas sobre sus patas en medio del bosque mientras los perros aúllan a su lado para despedazarlo. A Cleopatra no le importaba que él hubiera sido un fascista, pese a que los detestaba. Solía soportar los insultos, las humillaciones, las vejaciones en su cama de muchos de ellos que acudían los sábados borrachos a su piso solo para burlarse, para verla desnuda con tetas y pene, y llamarle monstruo, mutación, engendro, entre palmas y cánticos chulescos de viva franco.
Ella con ternura, sin odio, les pedía que se fueran.
Y se sentaba en el sofá, absorta mirando un póster de Elizabeth Teylor.
Agustín escuchaba las pisadas de varios hombres bajar al entresuelo entre risas. les disparaba con su vieja carabina y se ponía a llorar. luego ante su impotencia, a pegar golpes con los muñones a las paredes de la armería.

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II.
El tren de la indignidad llegó de noche a la parada de castellón. EL silbido frío del invierno sonó en el anden. A través de la ventana podía observar una legión de prostitutas en tanga, chaperos en calzoncillos, las denostadas travestis en el rincón más oscuro y misterioso. Se escuchaban las voces de mercado vendiendo sus servicios a hombres solitarios con sombrero y gabardina que gritaban:
quiero latigazos, yo quiero leche, yo una menor de edad, yo una anciana parecida a mi madre.
caminaban presas de la tiranía del deseo que les quemaba el corazón por la estación en esa noche de ventisca que se abría a todos ellos cómo una flor de loto.
Mira teserina, los que ves aquí en esta parada de nuestro viaje, son aquellos que han sido condenados a practicar el oficio del amor. EL amor que dan, es por otro que les falta. En todas estas criaturas debemos poner las esperanzas de un mundo mejor- le dije a teresiana que admiraba todo aquel calidoscopio de conductas sexuales.
La estación gemía, los trenes silbaban al entrar y salir, líquidos viscosos resbalaban de los pasamanos de las escaleras. Un fuerte olor a feromonas se mezclaba con los rayos lunares que descendían por las ventanas.
Angelillo de Uixó.

Trans express de media noche. by Ángel lasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en angelillo201.wordpress.com

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