Crimen y perdón, de Juan Pablo II.

Dedicado a todos los presos, es decir: a la humanidad.

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Intro:

EL juez Baltasar Garzón acaba de salir de un interrogatorio en la prisión de Carabanchel. No ha aclarado nada que le sirva para esclarecer los sucesos sobre el caso de un hombre acusado de provocar un tiroteo en el corte inglés con resultado de muerte, pero ha conseguido que el preso sobre la colchoneta llore arrepentido por su mala vida, y vea en Cristo el hombre que sufrió por él.

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Escena I. Se baja el Papa al turco.

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EL Papa Juan Pablo II al llegar al aeropuerto de Turquía da varias vueltas indeciso buscando un lugar seco y limpio para unir sus santos labios con el suelo de Estambul.

Cuando husmea el lugar adecuado, besa la tierra en honor de multitudes ante un público entregado que aplaude el gesto. Un perro imita al Papa, que se yergue a dos patas mayestático entre varias palomas blancas con ramos de olivo en sus picos sobrevolando la pista que se posan en su enorme su gorro blanco de metro veinte de altura para hacer un nido.

¡Dios mío mi sombrero!- exclama Juan Pablo sacudiéndose las palomas y observando con tristeza divina cómo se lo han puesto por dentro estos asquerosos animalejos mandados por el diablo.

Con orgullo y con el sombrero en la mano camina el Papa hasta un vehículo dando bendiciones con prisas.

Escena II. Las calles de Estambul.

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Las calles son perezosas, de los colores del limón, bulliciosas, llenas de bazares exóticos donde los vendedores y clientes, sin prisas, hacen tratos de compra venta que duran horas y horas.

El olor a especias se clava en la nariz produciendo cosquilleos nasales en los occidentales y estimulando la sexualidad y el apetito. Las voces de mujeres, niños, ancianos, hombres, suenan cacofónicas, difusas, caóticas. Son versos incomprensibles para Juan Pablo, entre divinos y satánicos, mundanos y sublimes, que circulan elevados en los alteres de los guijarros milenarios cómo las conchas por las orillas del mar mediterráneo sin que exista para ellos un nuevo día o una nueva oración de esperanza que no se haya repetido mil veces entre esas calles donde las vidas viejas nacen duras y mueren tiernas.

“Estambul dormita entre pimienta. Estambul se alimenta de sal, salitre, dátiles y miel. Estambul muere y renace entre las viejas conchas de sus calles y la media luna”

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Escena III. La prisión de Estambul.

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Sobre un rocoso acantilado rodeado de un mar tranquilo del color de un manto de cardenal donde surcan sobre su fondo coralino las negras aletas de los tiburones, y los pequeños veleros de los pescadores, que con su sudor que se mezcla con el mar, abaten sus brazos sobre las redes, y luchan contra los tiburones desde sus embarcaciones cuando sacan la pesca. En el centro de la bahía asoma la isla prisión de Estambul con sus cuatro alminares que apuntan cómo cohetes atómicos soviéticos al cielo. Rodean la enorme cúpula del techo de la prisión que atrapa a los prisioneros y funcionarios en un universo redondo donde no existen los astros, y el firmamento está hecho por el hombre, centro de todo, incluso de sus bellas locuras: matanzas, crímenes, orgías, venganzas, hecatombes, y la consiguiente piedad, arrepentimiento, que nace de la consumación del crimen.

¡Muerte a Galileo!

Escena IV. Papa y preso.

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EL Papa Juan Pablo II con el rostro intimo trata de mirar el preso que le disparo. Se oculta de sus ojos en la sombra de la celda.

La yesca de la pared que ilumina las catacumbas de la prisión deja ver muchos ojos que centellean en la misma celda.

EL Papa pregunta al alcaide:

De los 20 presos ¿ cual de todos fue? Necesito hablarle.

El traductor le hace la pregunta al alcaide que desconfía de los motivos del Papa, mira por la mirilla de la celda para localizar al preso.

Al verlo lo llama.

Juan Pablo II ruega al alcaide si podrían hablar solos, preso y él.

El alcaide, desconcertado e iluminado su rostro de azul por el reflejo de la luz de la antorcha que se apaga, observa las paredes húmedas de la prisión, inundadas de llanto y dolor, al igual que esperanza en el más allá, y arrepentimiento en el mundo. Acepta la petición, aunque personalmente cree que será contraproducente con el castigo impuesto al preso, y que se puede perder el trabajo de rehabilitación que lleva haciendo el verdugo.

La prisión duerme bajo la dorada cúpula por la que entran rayos de sol del color del maíz.

Juan Pablo abraza al preso que le disparo.

Vengo aquí a mostrarte la manifestación de Dios- le dice, el traductor repite las palabras del Papa Don Juan Pablo II.

El Papa levanta la sotana y junto a su tetilla deja ver la cicatriz del balazo.

Dios quiso que viviera- le dice con una sonrisa piadosa y convencida entre las cuatro paredes de la celda, con una única ventana con la forma de la Estella Tartesa que deja entrar un foco de luz difusa, y el sonido de las olas contra la roca de la prisión.

EL preso se conmueve.

Juan Pablo le muestra la Cruz. La besa, se la pone en las manos del preso con suavidad y le susurra besando la mejilla del hombre que le disparo.

ÉL murió por nosotros, por ti, por mí. Murió para que supiéramos perdonar. Él te perdona, yo su representante en la tierra te perdono.

EL preso en ese momento deja de pensar que es un revolucionario que disparo por una hermosa causa. Se siente un criminal, y cómo todo criminal necesita el perdón y creer en Dios.

Angelillo de Uixó. No existen los milagros, ni el perdón, solo la estupidez.

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Crimen y perdón, de Juan Pablo II. by Ángel Blasco Giménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://angelillo201.wordpress.com/.

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